“Los clientes de varias generaciones siguen viniendo porque están hartos de que les engañen en otros lugares”

viernes, 20 septiembre, 2013

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Una de las esquinas más icónicas del Eixample está presidida por el histórico colmado Múrria y sus cuidados escaparates que ofrecen no sólo las mejores delicatessen para el paladar sino también todo un placer visual. Como si se tratara de una pequeña exposición, Joan Múrria muestra su amplia colección de manjares y bebidas que han permitido que esta tienda funcione de 1898 hasta la actualidad.

Los escaparates que regala el colmado Múrria a la ciudad son incluso temáticos, confeccionados con quesos dels Pirineus, latas de conservas seleccionadas y vinos exclusivos para conmemorar l’Any Mozart o el bicentenario del nacimiento de Darwin. Joan los realiza él mismo, inspirándose cuál artista en los pocos ratos perdidos que un negocio de este tipo le deja: las medianoches, los paseos, las vacaciones.


El colmado Múrria también es reconocible por su cartelería publicitaria que adorna su fachada modernista, destacando el famoso anuncio de Anís del Mono de 1987. Pero más allá de su preciosista exterior, el Múrria destaca por el mimo con el que se atiende a todo aquel que se adentre en él. “Me gustaría que un cliente que entre en Murria pensara que ha estado bien asesorado”, explica Joan, al frente de esta tienda desde 1969 cuando relevó a su padre, quien tras fundar el Colmado Quiléz y Múrria, en 1943 se trasladó al actual negocio fundado en 1898: “En sus inicios se llamaba La Purísima porque estaba cerca de la Iglesia, pero cuando mi padre se quedó con el negocio le cambió el nombre por Múrria y empezó lo que ahora llamamos “especializarse” –palabra que no existía antes- trayendo piña americana en lata, quesos catalanes de los Pirineus, frutos secos a granel (como las castañas de Brasil o pistachos).”

Cuando Joan Múrria sucedió a su padre hizo frente a la aparición de los primeros supermercados apostando por la alta especialización: “Nosotros damos información y asesoramiento gastronómico e intentamos siempre tener novedades de fuera, sobre todo en estos momentos delicatessen relacionadas con productos que no llevan ni conservantes ni aditivos y que respetan el medio ambiente. Tenemos 220 quesos de referencia, embutidos buenos catalanes, aceites, frutos secos y altas delicatessen como buenos champanes franceses, caviar, ahumados, etc. Tenemos clientes de tercera generación que vienen aquí porque sus abuelos y sus padres eran clientes. Y nos explican que siguen viniendo porque están hartos de que les engañen en otros lugares. Y es que frente a una tienda nueva, una tienda histórica ofrece información, honestidad y servicio.”


Premisas que les permite ser una referencia, una recomendación infalible en el boca-oreja y aparecer en guías locales e internacionales de todo tipo. Además, el Múrria no vive de rentas y se ha actualizado con web, blog y facebook, estos últimos muy activos, con seguidores que consultan y opinan constantemente. Canales en los que aparecen los productos nuevos que llegan a la tienda y donde se presentan recetas que luego los clientes comentan como les ha quedado tal o cual plato. En estos momentos su clientela es básicamente de fuera de Barcelona y muy importante resulta el consumo generado por los extranjeros afincados en Barcelona. El 60% de los turistas entran más como si fuera un museo y el otro 40% es el que compra, sobre todo jamón ibérico, vinos caros, quesos catalanes, aceites, café y frutos secos catalanes. “La clientela local no compra nada. Los de alto nivel adquisitivo, tienen ese nivel porque no gastan nada. Funcionamos, que no subsistimos, gracias a la gente de fuera”, critica Murria y añade: “Barcelona tiene un comercio de proximidad que otros sitios no tienen, una tradición histórica que otros sitios no tienen pero no recibe ayudas que otros lugares sí. Las administraciones ofrecen a los negocios históricos ayudas morales, soportes de concepto propagandístico y de información que están muy bien, pero económicamente nada. Poco más que una palmadita en la espalda.”


Una dejadez administrativa que duele más al tratarse de negocios en los que se trabaja muchas horas y con una dedicación digna de premio: “No tenemos el reloj encima cuando atendemos a un cliente, se le dedica el tiempo que necesite. Y funciona, ya que los clientes vuelven. Aquí se habla del tiempo, del termómetro de la ciudad, de la crisis, de la corrupción, de la inutilidad política, del futuro que se va hacia una esclavitud moderna (mandarán diez empresas al mundo y el restos a pringar). Aquí los trabajadores están igual de implicados como si el negocio fuera suyo, pero fuera no pasa eso. En general no hay amor por la empresa, desde hace años que ha desaparecido”, se lamenta Joan.

Un comercio de proximidad de alta especialización y trato excelente al cliente que ha sobrevivido y se ha adaptado a los vaivenes de un Eixample: triste y gris en los 70 para reformarse y pasar un ser un barrio cultural e histórico provocando una diáspora importante, que al cabo de 20 años regresó y puso de moda de nuevo este enclave barcelonés que a día de hoy, según Múrria, se ha convertido también “un poco en un parque de atracciones”.


Durante el franquismo, la fachada del colmado Múrria estaba coronada por el letrero en castellano de “Mantequería”, pero Joan Múrria tuvo el coraje de cambiarle el nombre por “Queviures” en 1978, siendo de los establecimientos pioneros en el uso del catalán en la rotulación. Una valentía que les valió varias multas pese a explicarles a las autoridades que vivían en un país con su idioma propio y que se negaban a cambiarlo. Una integridad difícil de encontrar hoy en día y que sin duda es uno de los valores añadidos que explican que una tienda funcione durante más de cien años junto con el cóctel Múrria:“paciencia, energía, sacrificio, amor al oficio y un poco de esperanza”.

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