“Hay clientes que reconocen si los frutos secos o legumbres no son de aquí”

martes, 2 julio, 2013

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Que una tienda haya sobrevivido casi 130 años parece hoy en día un caso digno de estudio en universidades. Pero en Gracia encontramos desde 1885 la pequeña Granería Sala. Isidre Sala y su mujer Antònia Vilaseca dejaron su Puigvert d’Agramunt en Lleida y con su caballo y un carro bajaron a la capital para abrir su negocio de frutos secos y legumbres que ha resistido guerras civiles, posguerras y crisis de todos los colores.


Hasta hace cinco años, al frente de esta tienda con sus porticos de madera y sus herramientas de trabajar el campo en las paredes se encontraba la nieta de los fundadores: Maria Antonia Sola. En 2008 al jubilarse traspasó el negocio al actual propietario Antonio Sánchez manteniendo en la plantilla a Miguel García, quien empezó a trabajar en 1978 y explica cómo ha cambiado todo: “Gracia siempre ha sido un barrio de gente mayor pero a medida que se han ido muriendo la gente que se ha instalado es joven y eso nos ha hecho introducir productos como legumbres cocidas, olivas o platos preparados. La gente joven que viene de trabajar no tiene tiempo y una tienda tienen que tener cintura para ir introduciendo lo que la gente te pide”. Lo mismo sucedió con los productos exóticos o con los alimentos estrella que los medios imponen por sus beneficios: linaza, quinoa, amaranto o polen comparten espacio con su clásica ‘mongeta de ganxet’. “Me pidieron una vez una cosa que se llama haba tonka que se ve que lo ponen en los gintonics, como el enebro para darle más aroma”, recuerda Miguel y bromea: “trabajar aquí es como estar haciendo un curso continuo, siempre aprendes algo nuevo”.


La clientela viene de 4 o 5 generaciones. En la Granería Sala entra gente a comprar con el crío pequeño y ya venían antes sus abuelos y bisabuelos. Han seguido la tradición. También han traspasado su puerta en busca de pipas o legumbres personajes ilustres como Joan Manuel Serrat, Lluís Homar o Constantino Romero. “En una tienda histórica se despacha con mucho más cariño que en una nueva. No hay tanta prisa por atender, siempre comentas con uno de fútbol, con otro de música y así”, afirma Miguel García. La clave para que una tienda haya sobrevivido casi 130 años es el servicio y la atención al cliente: “Hay que saber tratar al cliente y ofrecerle calidad con el producto. Si le engañas una vez, ya no vuelven más y el precio siempre va con la calidad, es como si te compras unos Levi’s o un tejano de 7 euros y el barato no hace falta que lo laves que más bien mejor que lo tires. Pues con los alimentos es lo mismo. Hay clientes que aseguran que en casa reconocen si los frutos secos o las legumbres no son de aquí”.


A lo largo de estos años, incluso un barrio tan barrio como Gràcia ha mudado su piel. Se han instalado decenas de franquicias en el barrio, eliminando los tradicionales negocios familiares y pequeños que siempre han caracterizado este distrito, que ahora se adapta como puede a la invasión de turistas. “Hay gente que entra por curiosidad. Entran y no te dicen nada. Igual si estás despachando a alguien y acabas y ven que te vas a dirigir a ellos, se van. Otra gente entra y te pide permiso para mirar. Como hay aquí un par de edificios que son apartamentos turísticos durante el día pasan y te hacen un chorro de fotos. A veces parece más un museo que una tienda para comprar. Los turistas también compran pero menos, van más al supermercado chino de aquí al lado a por bebidas. Los que vienen por unos días, no cocinan”, lo resume Miguel sin perder la sonrisa.


Fotos: Jose G. Osorio

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