“Cuando la gente sale de El Ingenio me gustaría que pensaran que ha sido una suerte no habérselo perdido”

martes, 12 marzo, 2013

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Adentrarse en El Ingenio en la calle Rauric 6 de Barcelona va mucho más allá del simple acto de comprar. Este establecimiento-taller gestionado con mimo por Rosa Cardona es una verdadera caja de sorpresas. Cabezudos, demonios, títeres, pelucas, artículos de magia, bromas y todo lo necesario para convertir un día rutinario en una celebración con más confeti que en las de Ana Mato. “Esta tienda es como si fuera un mundo. Es una tienda para ser feliz aquí dentro. En El Ingenio puedes ser el rey del mambo. Te lo pasas bien y encima puedes hacer reír a los clientes y eso no tiene precio”, explica Rosa con una pasión que casi es un milagro encontrar hoy en día en el sector servicios. Reflexión que comparte nuestra anfitriona: “Fuera de esta tienda se va a lo práctico, a lo rápido, se ha perdido la ceremonia de ir a comprar. Las dependientas en otras tiendas trabajan, porque tienen que trabajar, pero hay poca gente que le guste lo que está haciendo y eso se transmite muchísimo. Tienen muchas ganas de acabar, de salir a fumar un cigarro. Pero eso es porque no se lo pasan bien como en El Ingenio. No le han sabido encontrar el gusto y el amor a la tienda.”


Claro que Rosa Cardona tiene cierta ventaja ya que el amor y la vocación por la tienda viene de familia, siendo la tercera de su generación al frente de El Ingenio. Su abuelo, Delfí Homs regentaba un negocio de santos en la antigua calle Corribia delante de la Catedral. Por la reforma de toda esta zona histórica, en 1924 se vio obligado a buscar otro local y se encontró con la tienda actual. Un edificio inaugurado en 1838 cuyos últimos dueños fueron los escultores de la familia Escalé. Su intención era continuar con el negocio de santos y empezó a poner todos los santos en el escaparate, pero la gente que venía a la tienda en vez de santos le pedía demonios. La gente quería lo que siempre había sido esta tienda, ya que había pasado muy poco lapsus de tiempo cerrada. Como le seguían pidiendo demonios, retiró todos los santos, los guardó dentro y empezó a poner demonios, cabezudos, gigantes y dragones.


Por suerte, los anteriores propietarios dejaron moldes y piezas que sirvieron de base a Delfí y a los artesanos de su equipo para continuar con la tradición del local y convertirlo en el rincón preferido de muchos artistas: el primero de ellos Dalí. Que no sólo compraba en El Ingenio (en Portlligat aún se puede encontrar una cabeza de giganta) sino que cuando el Ayuntamiento distinguió a Salvador Dalí, éste bajó unas calles por el gótico para picar con su bastón en la puerta de El Ingenio y gritar un “Eh, Delfí, me han hecho un reconocimiento por fín”. En 1944, el yerno de Delfí y padre de Rosa se hizo cargo de la tienda y tampoco le faltaron admiradores a su trabajo. Al poeta Joan Brossa le encantaba El Ingenio e incluso les regaló unas letras en escultura que aún mantienen en el escaparate. “Siempre le preguntaba a Joan Brossa qué era lo que le gustaba tanto de El Ingenio y él decía que no era una tienda sino un poema”, recuerda Rosa.


Este amor a la tienda es un poso, que va calando adentro y te deja impregnado. Si la tienda desapareciera mucha gente notaría que le falta una parte importante de su vida. “Tengo clientes que le tienen mucho cariño a la tienda ya que venían de niños y quieren transmitírselo a sus hijos y nietos. Me gusta pensar que la gente al salir de El Ingenio piensan que ha sido una suerte no habérselo perdido”, expresa Rosa. Mantener una tienda así requiere grandes sacrificios y más en un contexto en el que los Ayuntamientos, que siempre han sido buenos clientes, han reducido sus presupuestos al mínimo. “Desde las instituciones y administraciones deberían tener más atención y quizás liberar a estas tiendas históricas de algunos gastos importantes ya que ayudamos al turismo y somos un reclamo para la ciudad. Que piensen que hemos pagado muchos impuestos en esta tienda, que son muchos años y generaciones” reclama entre risas Rosa Cardona. Y es que El Ingenio aparece en guías de todo el mundo e incluso ha salido en reportajes en la televisión de Japón. El problema para la tienda es que la mayoría vienen a fotografiarse y a mirar pero no siempre a comprar. “Habría que cobrar entrada por entrar, ya que a veces parece más un museo que una tienda” puntualiza Rosa y añade que “aquí la gente se recrea mientras busca un sombrero, una cabeza de demonio o una nariz, comparte lo que quiere hacer, llegas a entender lo que te están diciendo, le orientas e incluso le recomiendas cómo puede hacerse lo que necesita”. Una vocación que no siempre es fácil de encontrar en las tiendas de la ciudad pero que en El Ingenio se encuentra a raudales entre cabezas gigantes de Groucho Marx y cabezudos locales, máscaras de demonios, narices de payaso y la sonrisa ilusionada con la que te recibe Rosa Cardona.

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