¡Vamos a un bar!: Mercaders

jueves, 3 abril, 2014

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La Via Laietana es una de esas calles incómodas de caminar debido a sus aceras estrechas y el ruido desordenado y un tanto ensordecedor de los coches que transitan por sus carriles prácticamente sin descanso. No es una de las vías más acogedoras de la ciudad, está claro. Pero en sus aledaños se inician callejuelas llenas de bares que en más de una ocasión habrán servido de refugio para el exhausto ciudadano que trate de cruzar la tremenda avenida. En uno de esos rincones se sitúa el Mercaders, un local pequeño pero resultón en el que siempre es buen momento para tomarse un trago.

Ubicado en el número 22 de la calle homónima, el Mercaders es uno de esos sitios que bien puede pasar inadvertido a ojos del taciturno y el diurno (suelen abrir no antes de que caiga la noche). De no ser por las congregaciones de fumadores que salen y entran del bar en busca del humo de un cigarro, por su aparente intimidad y recogimiento nadie podría imaginar la vida que hay dentro y las historias de las que su barra es testigo.

Local
Puede parecer estrecho, y la decoración —eminentemente de madera, con cierto aire kitsch y desvencijado— no ayuda a dar el efecto contrario. Sin embargo, nadie diría que el poco espacio que ofrece sea suficiente para organizar muestras de arte, alguna que otra celebración e incluso, tiempo ha, un cineforum. Tiene todas las ventajas de los sitios pequeños: la familiaridad, la intimidad, poder entrar con la única compañía de una cerveza y salir bien servido de una charla con quien encuentres a tu lado en la barra —eso tan poco practicado ya en los bares. Si abrís la puerta y el gentío os hace dudar, no temáis: en el Mercaders siempre cabe uno más. Mención especial a la música, que los dueños van pinchando disco a disco: jazz, rock’n’roll… de ayer, de hoy y de siempre.


Carta
El Mercaders es un buen bar para refrescar el gaznate pero no para llenar la tripa. Allí se va a beber, no nos vamos a engañar: para comer hay otros sitios y cada cosa en su lugar. La variedad en las bebidas es reseñable y los amantes de los tragos de calidad pueden pedir sin miedo a la decepción. Además, pese a la zona en la que está situado (bien en el centro de la ciudad), los precios no son de infarto: para que el lector o lectora se haga una idea, las cervezas cuestan 2,50 euros y una copa de vino tinto unos 2 euros.


Parroquianos
Quizá hayamos estado usando la palabra «parroquianos» demasiado a la ligera durante estos meses de barras, porque si hay una parroquia, esa es la del Mercaders. Es de esos bares de asiduos, de caras conocidas y risas familiares, con todo lo bueno y todo lo malo que eso pueda conllevar: quizá resulte algo intimidante (por decirlo de alguna manera) encontrarse en un sitio de dimensiones tan reducidas y donde todos (o casi todos) se conocen por esto o aquello. Quienes escriben esta columna bien lo saben: el don de la oportunidad nos hizo recalar en el Mercaders justo la noche en que la casa celebraba el cumpleaños de uno de los dueños del lugar y, solventada la sorpresa, fuimos invitados a viandas y a corear un «felicidades»; muestra viviente de la barra como vínculo.


¿Qué hay cerca?
Muy cerca, a unos pocos números en la misma calle (dirección Urquinaona) se encuentra el Patxoca (Mercaders 28), un bar pequeño y con una decoración agradable en el que se puede desde tomar unas cañas hasta pedir una buena hamburguesa casera. Y un detalle: tiene terraza. Cruzando la Via Laietana se encuentra el clásico Spritz (Tapinería 4), en el que se puede disfrutar de la también conocida bebida del mismo nombre en un ambiente relajado. En la cercana plaza de Santa Caterina, al lado del mercado homónimo, se encuentra el Lupara, un bar no muy grande pero con una terraza acogedora y con una carta en la que hay tanto gin-tonics como desayunos contundentes, adecuada para cada momento del día.

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