¡Vamos a un bar!: La casa de la Pradera

Jueves, 31 Octubre, 2013

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El Raval tiene recovecos oscuros más allá de su rambla principal abierta para atraer al turista y el ciudadano temeroso de su seguridad. En sus laterales se abren calles características por sus estrecheces pero también por los secretos que se albergan en sus profundidades. La verdadera vida del barrio se cuece en sus interiores, lejos de terrazas con bravas a precio de caviar y cámaras de fotos enfocando a todo aquello que puede ser representativo de la marca que las instituciones intentan exportar al exterior. La resistencia siempre trabaja en la sombra y las callejuelas ravaleras son el lugar ideal para ello.

En una de ellas se ubica La Casa de la Pradera. Aunque tiene una trayectoria modesta en el número 57 la calle Carretas, ya es todo un referente del Raval y ha ayudado a que esta vía del barrio—más bien lóbrega—, destaque como centro neurálgico del ocio nocturno y, sobre todo, como el nuevo sitio de moda y alternativa al Eixample gay para disfrutar de una noche petarda sin presiones.

El local
Ni rastro de la inocencia y el tradicionalismo de la familia Ingalls —aunque la banda sonora original de la serie amenice su web—, la única referencia a los prados de Minnesota se concentra en unas cuantas briznas de césped que decoran el letrero. Y aunque es cierto que La Casa de la Pradera ofrece cierta estética retro, es un bar con carácter de antro para pasarlo bien al caer el día y donde todo puede pasar. La entrada puede parecer estrecha, pero al fondo hay una sala interior —con algún sofá si te vence la pereza o el alcohol— que alberga de vez en cuando sesiones musicales por algunos de los nombres más alternativos de la ciudad: un sitio entregado a la fiesta y de esos dignos de cerrarse. La terraza exterior en una pequeña plazoleta junto al local y abierta hasta altas horas es todo un lujo.


La carta
Aquí se viene a beber, las cosas como son. Tras su barra guardan algunos alimentos de emergencia como las olivas (que también sirven como acompañamiento a las cañas de primera hora) por si a algún cliente le da un ataque de hambre, pero lo que se acumula en el fregadero de este bar son vasos y copas. Teniendo en cuenta que estamos en una ciudad en la que se ve normal pedir 10 euros por una copa de garrafón y refresco de grifo, sus precios son bastante razonables: los cubatas valen 6 euros y las medianas de cerveza no pasan los 2,50 euros, así que el bolsillo sufrirá más o menos en función del aguante etílico del cliente y no del hachazo económico que se ejerza tras la barra.

La parroquia
La Casa de la Pradera es uno de esos sitios que no falta en ningún mapa nocturno de la fiesta alternativa en la ciudad. Por la tarde, a partir de las seis, el moderno, el underground y el cliente sempiterno del barrio se mezclan en las mesas, aunque la noche ofrece un salvoconducto exclusivo a los primeros. Aunque tanto la calle y el propio local se postulan como un nuevo centro del ocio nocturno gay de la ciudad, el público es ecléctico, abierto y espontáneo. Eso sí, muy ducho en el último grito.


¿Qué hay cerca?
En la misma línea que La Casa de la Pradera, Las Fernández (Carretas 11) ocupan el liderazgo por pioneras en la calle y en las lides del ocio queer, aunque con un carisma mucho más hostelero que festivalero. En frente de la “Pradera” se encuentra el bar Lupita (Carretas 48), joven en la zona y que ofrece una variada carta de música en directo para casi todos los gustos. También el Libélula (en la calle Reina Amalia 28, paralela a Carretas) pone a disposición del personal pinchos a buen precio, música en directo y decoración sorprendente.

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