Sara de Ubieta: “La democratización de la moda es una mentira”

miércoles, 18 junio, 2014

Por

 


En un pequeño local de Sant Pere Mitjà, en el corazón del Borne, se esconde desde hace un par de años un taller que es un brillantito artesanal y que parece fruto de otra época. Es la pequeña morada de Sara Gónzalez de Ubieta, una joven artista licenciada en arquitectura que ante un devenir profesional poco prometedor decidió dedicarse a la zapatería. Sus creaciones son pequeñas obras de arte hechas a mano y a la venta en unas tiradas muy limitadas, se hacen entre 6 y 150 copias, las cuales forman parte de unas heterogéneas colecciones temáticas transdisciplinares que están inspiradas por un carrusel de referencias y mundos estéticos tan variados como los autónomos, la zoóloga Diane Fossey, la limosna o la etología. Asimismo, Sara también transmite la técnica y el oficio mediante talleres y da cobijo a colectivos amigos para que presenten sus creaciones.

En activo desde finales de 2007, empezó haciendo zapatos por encargo y poco a poco su ímpetu creativo la ha empujado a desarrollar sus propias colecciones, en las que colabora con fotógrafas como Alba Yruela o Rafa Castells, joyeras u otras diseñadoras afines. Hablamos con ella para sumergirnos un poco más en su revisitación de la técnica, en su política y aprovechando que la artista Claudia Pagès Rabal está dando tumbos por el local, les pido que me hablen de su próxima colección “Model A/B/C”, de la que el pasado domingo ofrecieron un sorbo en forma de instalación en el marco del festival PLAGA.

 

ORÍGENES, MOTIVACIÓN Y REFERENCIAS

Sara González de Ubieta es una más de las personas que ha tenido que reinventarse a raíz de la crisis. Con el título de licenciada en arquitectura bajo el brazo, una perspectiva laboral poco halagüeña -tanto en términos de trabajo como en la calidad del mismo- hizo que decidiera dedicarse a tiempo completo a la zapatería. Los inicios, empero, fueron graduales: “Empecé con De Ubieta cuando todavía estaba estudiando arquitectura. El motivo fue gracioso, me contaron la historia de Kenneth, un marinero a quien le enseñaron a hacer zapatos y aparcó el mar durante un tiempo. Me moló mucho esto de que te enseñen una técnica, te guste tanto y cambies”. Conocer esta historia motivó que decidiera hacer un curso para aprender. Por aquel entonces, Sara zozobraba laboralmente: “Estaba trabajando en un despacho. Es una época muy mala para la arquitectura y es muy difícil hacer trabajos interesantes aquí; no hay dinero. Hice un posgrado de rehabilitación de edificios, pero no disfrutaba con lo que hacía en el 22arroba, el nuevo aeropuerto etc. En arquitectura si no te gustan los proyectos en los que trabajas, casi que prefieres dedicarte a otra cosa”

Progresivamente, la nueva técnica que aprendió la fue absorbiendo y estimulando cada vez más y más: “Me pasó como a Kenneth. Vi que podía trabajar el objeto y acompañarlo en todo el proceso, que no era solo diseñar” Así que de unos comienzos en 2007/2008 en los que veía De Ubieta como una ocupación a tiempo parcial, poco a poco fue ganando más y más terreno hasta que decidió dedicarse a ella por completo, inaugurando el taller/tienda hace un par de años. Su interés por el calzado viene debido a la talla 34 que calza, que provocaba que ambicionara hacer sus propios zapatos al no encontrar disponibles los que quería: “Los miro desde los 15 años. Es algo distinto a trabajar en indumentaria, se parece más a hacer guantes o sombreros, porque trabajas más las tres dimensiones desde un principio y son piezas milimétricas, no es como la talla que cambia en cm, es muy largo, tiene muchas curvas concentradas. Me parecía increíble poder crear desde las 3 dimensiones, ese punto espacial me parece súper interesante” El modus operandi tejía un hilo conector con sus estudios de arquitectura: “Son cosas parecidas, porque en arquitectura, aunque dibujes en plano, siempre estás pensando en las tres dimensiones, puesto que interviene la luz.. En ambas tienes que adecuar el cerebro a eso” Esos mecanismos y ensamblajes mentales que aprendió le terminaron facilitando la tarea.


Asimismo, su acercamiento a la técnica sigue unas lógicas de independencia parecidas a las de la autoedición fanzinera o musical, puesto que gusta de coordinar el proceso en toda su totalidad: “Antiguamente, el zapatero se dedicaba a montar el zapato en la horma, había una señora -porque era una señora, me insiste- que cosía y “paraba”, que era lo que reforzaba, y un señor patronista. Tenía muy claro que si hacía esto quería tocar los tres palos e involucrarme en los tres procesos, eso me permite evitar la repetición, no aburrirme”. A diferencia de los modos de producción fordista-taylorista, Sara quería evitar la repetición de tareas, evitar hacer “el nudo todo el rato”.” Esto, como veremos, tiene un cariz ético detrás pero también le reporta un mayor control y evitar el lost in translation: “Aunque estoy a favor de trabajar en equipo y de la especialización, si tú no hablas el lenguaje de esas personas, hay fallos; como alguien que hace un edificio y no sabe de estructuras. Ahora que a veces hago cosas en un taller más grande, puedo hablar con ellos y dominarlo todo. Le das la intención que tú quieres desde el principio y puedes influir más sobre el resultado, porque la intención se ve más clara, se refuerza, y eso para mí es muy importante, porque son objetos dotados de contenido.”

Este es un tema especialmente relevante para Sara, quien no hace meramente zapatos a partir de su técnica, sino que busca ejemplarizar una idea, un concepto: “Cuando hago los zapatos, a mí no me interesa que sean bonitos o feos, yo estoy trabajando en una idea y hago lo que pide la idea. No olvido la parte utilitaria, pero creo que no está reñida. Así que no soy solo artesana, me interesa el contenido, por eso hago mis colecciones”. El calzado es adaptado al espacio al que va destinado. Una vez establece los temas, escoge los materiales y, a posteriori, empieza a diseñar. Sus referentes son varios y de lo más diversos, pero suelen ser cosas de las que le apetece hablar. La paleta es harto colorida, desde una colección sobre la mutación de los animales, a otra sobre roles de internet o una inspirada en etólogos como Konrad Lorenz, constelaciones que objetualiza en algo funcional: “Creo que (la arista conceptual) los hace más eternos. Yo no estudié moda, no sé lo que es, me interesa más el diseño de indumentaria o el diseño vinculado al arte”.  Y, aunque como ella misma dice, tiene ojos en la cara y procesa información del momento y de las circunstancias, las tendencias no son para ella algo verdaderamente decisivo.

Foto: Rafa Castells

UN PROCEDER NO INVASIVO
Otra cosa muy interesante es su proceder, que con su házlo-tú-misma militante apunta hacia lo político.“No estoy interesada en hacer 2000 zapatos iguales. Quiero saber de dónde vienen las cosas, tener información sobre el proceso. Intento ser todo lo más coherente que pueda y, para mí, eso es político”. Recientemente ha incrementado la producción de algunos modelos de 6 a 150 pares, gracias a que ha empezado a colaborar con un taller portugués. “Me costó mucho encontrarlo pero trabaja muy bien; son 10, y las personas van rotando sus tareas. Eso me importa especialmente, no quiero una fábrica donde hay una persona que solo está haciendo agujeros en la cordonera”. A este respecto, la especialización y el crecimiento de un capitalismo de estructura transnacional y de cariz deslocalizado y globalizado ha provocado que ciertos sectores exijan unas crecientes barreras de entrada y haya actores que vuelvan hacia dinámicas más micro: “En las fábricas de aquí si no haces 2000 copias y no tienes comercial ni distribuidor, no interesas. El propio sistema ha hecho que tenga que hacerlo así, igual que el que quiere editar algo por primera vez o sacar un disco”. Cuando le pregunto si se plantea crecer, “no quiero repetir una misma cosa 500 veces porque eso te mata. Ahora he pasado de 10 pares a 150, pero no quiero hacer más y que sea algo invasivo, yo visto a unos y otra viste a otras”

Al comentarle acerca del precio de sus zapatos, que cuestan más de 100 euros y los cuales requieren una inversión inicial más elevada de lo habitual, cosa que puede convertirlos en prohibitivos para ciertos bolsillos, responde firme y decidida acerca de las ventajas de sus creaciones: “No creo que unos zapatos puedan valer 50 euros, nos han malacostumbrado. Lleva muchísimas horas hacer unos buenos, yo he ido a fábricas grandes a mirar y entonces lo entiendes. Cuando ves que una persona está haciendo un trabajo repetitivo sin parar te das cuenta que unos zapatos no pueden costar eso. Además, la democratización de la moda, igual que la del consumo, es una mentira. Se dice que si es barato puede todo el mundo, pero es falso, porque pagarás dos veces”. Con pasión me explica que está muchísimas horas tocando ese zapato, que toma las medidas a cada horma, saca el empapelado, lo pasa a patrón y lo rebaja a mano, cosas que requieren mucho esfuerzo.

Alumnos en el taller De Ubieta

REPRODUCIENDO EL OFICIO
Desde hace dos años, imparte talleres en los que enseña el oficio, organizados en cursos de unas tres horas semanales que se extienden a lo largo de un trimestre y en el que las alumnas desarrollan sus propias ideas, las cuales ella monitoriza y ayuda a materializar. “La clave es que vean como se construye lo que dibujan. Me interesa que piensen, no quiero que todas repitan el mismo Oxford a la vez, porque no es solamente sobre técnica, sino también sobre diseño. Con el señor que me enseñó a mí, un zapatero que lleva 1000 años, aprendes la técnica de verdad; conmigo aprendes la técnica y te doy las herramientas, pero también lo mezclo con el diseño”. Reconoce que uno de los factores que la impulsó fueron las dificultades que tuvo ella misma para aprender la técnica: “Me costó mucho encontrar un sitio, porque no hay escuelas. Se enseña diseño pero no a hacer los zapatos, cuando es algo complicado. La producción y el proceso de diseño están muy divididos. A parte del taller, aprendí a través de un señor con el que hice zapatos para danza y teatro”.

La alegría de transmitir una información exigua se acrecienta con la algazara creativa que le reporta: ”La parte de laboratorio me gusta mucho y aprendo un montón, porque hay mil zapatos que yo no desarrollaría nunca por tiempo, pero veo como los hacen los alumnos” La clientela de los cursos es amplia y variada, oscilante entre los veintipoco y sesenta años, con un crisol de procedencias que abarcan desde el diseño a las profesionales liberales y con una proporción de un 75% de mujeres, algo que la extraña puesto que antiguamente era un oficio de hombres. Precisamente, dos de las mayores referencias técnicas para ella son dos señores de unos 60 años que hacen zapatos de más alta gama y con otra filosofía, con precios entre 1000 y 6000 euros, pero que son técnicamente impecables y a los que ella respeta mucho.

Una de las consecuencias tangibles de la falta de cursos, es que hay hay poca gente que se dedique al oficio – aunque recientemente le pareció descubrir que existía algo parecido a un gremio – y sus redes zapateras son famélicas, con un gran salto y vacío generacional entre los que tienen 60 años y los que, como ella, rondan los 30, producto del cierre de escuelas en los 70. No obstante, en la actualidad hay gente animándose: dos de sus colegas en el sector son unos amigos arquitectos que recién se han apuntado. Y aunque admira la técnica de los más veteranos, prefiere hacer proyectos con gente más cercana a su edad, próxima a su entorno y procedente de otras orillas artísticas.


PRÓXIMAS COLECCIONES
Precisamente, buena parte de sus aleaciones colaborativas con gente de otros campos del arte y el diseño las materializa en sus colecciones, en las que además de zapatos refuerza el concepto con complementos de todo tipo tales como portadocumentos, monederos, bolsos, neceseres o sombreros, que son realizados por colaboradoras cercanas como Andrea Viêntec. Trabajar en equipo le ha permitido creer más en sí misma y que sus proyectos crezcan y se hagan más grandes y potentes. Al mismo tiempo, da bastante libertad a los diferentes creadores, como los fotógrafos o joyeros, para que aporten su punto de vista y perspectiva a la colección. Uno de sus próximos proyectos se llama Limosna, el cual, en sus propias palabras, “está basado en el imaginario cristiano que nace de la salvación del alma y de lo que es la limosna, que es crear estados estáticos donde no cambia la situación. La presento en septiembre y hay desde la bolsa de judas, la limosnera, el cepillo de recoger dinero…Todo un conjunto al que le he dado una vuelta de tuerca más y para el que he contado con la ayuda de joyeros, fotógrafos etc”

Su otro proyecto es la colección “Model A/B/C”, co-realizada a medias con Claudia Pagès Rabal y que versa sobre la flexibilidad del autónomo y del, en sus palabras, emprendedor de Silicon Valley, que califican como “el nuevo futuro”. Inquieto por el asunto y aprovechando la presencia de Claudia, las inquiero para poder saborearlo: “No es una colección de ropa, son uniformes; eso es clave porque implica la creación de una comunidad y nos interesaba jugar con ellos y relacionarlos con los nuevos modelos de trabajo y economía. Queremos mirar cuales son sus necesidades y circunstancias; no solo por lo que hacen, sino por cómo se implican cuerpo, trabajo y vestuarios, para desplegar una mirada irónica a partir del vocabulario creativo que el business ha pillado de los artistas con palabras como flexibilidad o innovación”, explica Claudia.

Para ello han desarrollado tres arquetipos, cada uno de los cuales tiene asignado un uniforme pensado en función de las distintas situaciones y necesidades que tienen que afrontar estas figuras laborales intermedias surgidas con las privatizaciones, deslocalizaciones industriales y reestructuraciones de la clase obrera en las últimas décadas. “Muchas veces se te pide ser tu propio comercial y te tienes que juntar con gente; también hay otras veces que se te reclama que hagas de oficinista desde casa y gestiones; y también otras veces en que haces de creadora de zapatos, vídeos, instalaciones etc. Para ello, hemos creado un uniforme para cada uno de los 3 momentos, los materiales del cual también están escogidos especialmente para cada actividad y estamos usando el fieltro, porque es un material muy cómodo; la silicona, porque es fácil de limpiar; y la seda, porque es elegante”, indica Sara. Distintos complementos acompañan cada uno de los modelos, nuevamente, en función del tipo de trabajo que desempeñe. Por ejemplo, el modelo 1 lleva un portafolio para llevar el CV o su tableta. Por otro lado, lo que impera, apunta Sara, es que cada uno de los modelos necesita flexibilidad para ponerse uno u otro uniforme y estar igual de “dignificado”, aunque esté en casa todo el día con el pelo sucio, situación en la que incluso así pretenden que es “como si estuvieran en un spa de cuatro o cinco estrellas”. De esta colección en principio no harán producción, la tienen concebida como un proyecto artístico, cuya primera presentación fue el pasado domingo 15 de junio en un acto encuadrado en el marco del festival PLAGA.

PLANES DE FUTURO
Además de la colección Limosna y de terminar de perfilar “Model A/B/C”, sus planes de futuro pasan por ampliar la distribución -por ahora sus zapatos solamente se encuentran en De Ubieta- y por mejorar la comunicación. Al únicamente poderse encontrar aquí, el proceso ha sido de goteo, “no sé como tengo clientes (ríe), han venido ellos a mí, se enteran”. A medio plazo, también desea abandonar la piel -la cual, a pesar de ser vegetariana, ha utilizado recurrentemente por respeto a la técnica- para sustituirla por elementos tecnológicos. Pero sobre todo, desea hacer muchos más proyectos. Al final, como dice ella: “Creo que cuando vas a de Ubieta estás comprando algo más que un zapato. Sabes que lo he hecho yo, que los materiales están bien, que si tienes algún problema sabes quien lo ha hecho y te van a durar más, porque intento que sean de calidad”

Barcelonés está editado por
Until We Change It.

Contactar para oportunidades de
Publicidad.

Política Editorial