Wind Atlas: descifrando Lingua Ignota

martes, 14 abril, 2015

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Foto: Iván Montero

Sigilosamente, conjurando cantares, Wind Atlas han devenido, espectrales, uno de los grupos al alza de la escena subterránea barcelonesa. El ahora quinteto, liderado por los activísimos Andrea Pérez y Sergi Alejandre -miembros de la prolífica disquera Boston Pizza Records, organizadores del festival Conjunto Vacío y propietarios de la tienda de discos Dead Moon-, y completado por Raúl Q. De Orte, Iván Montero y Raúl Pérez Pérez, acaba de editar Lingua Ignota (Burka for Everybody, 2015), su segundo trabajo. Más elaborado, matizado y abierto, amplían el horizonte desde las sonoridades del folk pagano y las arenas del slowcore para asomarse por momentos a un ventanal pospunk de motas no occidentales que favorece y realza su propuesta. Quedo con ellos en la tienda, rodeados de discos, para intentar descifrar las fuentes de su misteriosa Lingua Ignota.

DE LO QUE NO SE ENCUENTRA O NO SE PUEDE DECIR
El primer input que recibí de su último trabajo fue la portada, presidida por The Magic Circle, un cuadro de John William Waterhouse de finales del siglo XIX que mi cabeza asoció a pasajes de “El Calibán y la Bruja”, el opus magnum de Silvia Federici. “Queríamos que saliera una mujer, tenía en mente la idea de una mujer censurada o prohibida, expulsada de la normatividad de la ciudad. Además, Waterhouse nos gusta mucho y estuvimos barajando varias obras suyas, pero al final nos decantamos por ésta, ya que, independientemente de lo que signifique –para el pintor-, veo a una mujer expulsada haciendo un ritual en los extramuros y creando su propio lenguaje y vivencias fuera del mundo sistémico. Me parece una imagen con una fuerza increíble, la mujer como creadora de realidades”, explica Andrea. Otra, Hildegarda von Bingen, mística, literata y compositora de cantos gregorianos, da nombre al disco: “La descubrí a través del diccionario de símbolos del escritor Juan Eduardo Cirlot. La nombraba en la entrada de ‘Ihlé’ -la proto-materia y, asimismo, una canción del disco-, en la que también había uno de sus grabados, como una almendra o un coño cósmico. Después descubrí su música, que también es una influencia súper bestia.”

Portada de "Lengua Ignota"

Ella, filóloga especializada en la edad media, es la cantante y la encargada de las letras. No resulta extraño, pues, que abunden extemporáneas referencias paganas y clásicas: “Me interesan estas historias de la Grecia antigua. Las he leído mucho durante toda mi vida y es algo que pasa por mi filtro e interpreto, me genera muchas preguntas. Siempre me ha interesado el concepto del mito, la deconstrucción de una leyenda y el límite entre la ficción y la realidad, si realmente importa que algo sea verdad para que sea real”, apunta. Cercanamente, su primer disco, The Not Found (Boston Pizza, 2013), versificaba ensimismadamente sobre la inmersión y la exploración interior, pero también sobre las fronteras de la percepción o el poder del pensamiento mágico y desiderativo: “Hablaba de una metáfora de la isla no encontrada, que viene de la leyenda de San Borondon, una isla de las Canarias que los antiguos navegantes veían desde la costa y cuando iban a explorarla, desaparecía, porque era un efecto óptico del sol y las nubes. Pero a mí me gusta la idea de que esa isla es real, no hace falta que esté ahí porque es una leyenda, un mito que has creado que te sirve para explicarte a ti y al mundo”.

Un tanto en consonancia, Lingua Ignota tiene un arco conceptual en el que se pasa de la resignación a una arcana voluntad comunicativa: “The Not Found” habla de la nada desde un punto más melancólico, como aquello que no puedes satisfacer nunca, y en Lingua Ignota hemos querido generar ese lenguaje propio y un poco fuera de los límites, que experimenta con las maneras de decir o de decirse a sí mismo, que no tiene una explicación lógica“, comenta, acerca de un disco en el que, además de su habitual uso del inglés, han incorporado voces glosolálicas como recurso expresivo, con las que intentan hablar sin prejuicios, fuera de los limitaciones del lenguaje racional. “Todo el disco habla de la brecha entre lo que se puede pensar pero no se puede decir. Es la idea de lo antiparadigmático, de aquello que escapa a ese razonamiento lógico que es el lenguaje. Tiene que ver con la intuición y la creación de una glosolalia o un lenguaje más íntimo que no responda a reglas compartidas; uno que se construya, se entienda y se autodestruya a sí mismo porque nadie más lo entiende de manera lógica”, explica. Un recurso expresivo otrora empleado por los letristas o los dadaístas como forma de burlar las convenciones, pero también por distintas religiones paganas occidentales y no-occidentales.

Lingua Ignota se abre y se cierra con alusiones a una misma ninfa, Eurídice, una euloníade de la que modifica su herstory. “A través del mito de Orfeo y Eurídice se me ocurrió cambiar un poco la historia y me imaginé que no era Orfeo el que la rescataba de los abismos (en la historia original era así). Él aquí no importa; era ella la que escuchaba una música abisal que no acababa de descifrar muy bien pero que la llamaba y la hacía meterse en el fango, y esa oscuridad y ese vaciamiento eran de alguna manera placenteros para ella. Ninguna de esas dos canciones tiene una letra descifrable, porque da voz a ese encuentro con algo que no sabes qué es, que tampoco sabes darle ningún nombre concreto. De ahí nacen las dos canciones, la primera es el sonido de su propia voz, que nace de dentro suyo y está escuchándolo y dirigiéndose hacia él, y la ultima canción es el encuentro feliz con el vacío.”

EL AGITADO CAMINO HACIA LINGUA IGNOTA
Hace cerca de tres años, Wind Atlas empezaron como el proyecto de Sergi en solitario, quien hizo un único concierto sin llegar a grabar. Al poco, casi “sin querer”, Andrea hizo coros para una canción y, al recibir buen feedback por parte de amigos, empezaron a componer juntos, cambiando por completo la idea inicial. A Andrea, escritora cuyo único bagaje musical previo consistía en grabarse sola haciendo versiones de Aretha Franklin, la embargaba cierta timidez. “Fue algo muy casero, me tenía que esconder en una habitación para cantar porque me moría de la vergüenza”, apunta. Antes, de pequeña, recuerda escuchar copla y flamenco con su abuela y a Sade con su madre, mientras que más tarde, casi posadolescente, empezó a compartir con su padre el gusto por la ópera y la música clásica.

Sergi, por el contrario, había tocado en The Destroyed Room, Zephyr Lake o, luego, Sons of Woods, procedentes de tradiciones cercanas a las ramificaciones del hardcore, el indie o el rock à la Springsteen, y ahora lo hace en los bestiales Cadena. “Llegó un momento en el que me costaba hacer ese tipo de canciones y sentirme más realizado o experimentar. Empezar Wind Atlas era algo que en aquel momento me salía de forma natural: por lo que escuchaba y porque era un punto de unión entre lo que nos gustaba a los dos. También empecé a probar cosas diferentes y a tocar otros instrumentos como el Buzuki”, señala en referencia al instrumento de cuatro cuerdas dobles de origen griego y aire morisco, del que toca la versión irlandesa.

Precisamente, aunque antes ya incorporaban referencias no occidentales, en este trabajo se han abierto más que nunca a influencias y sonoridades fuera de la música alternativa anglosajona. “Nunca hemos hablado sobre qué vamos a hacer, aunque sí que hay veces que en local intentamos huir de aquellas cosas que nos suenan demasiado a rock”, explica Sergi, acerca de una banda que confiesa trabajar principalmente desde la intuición, confiando y entregándose a ella, algo “peligroso, pero estimulante”, que les permite “explorar muchísimo”. Por el camino han pasado de dúo a quinteto: después del primer ep añadieron a Iván Montero -ex Naturalesa Salvatge– y a Raúl Pérez –de Tucán y Tercer Sol, residente en Valencia, – a las cuerdas y percusión, respectivamente, y ahora han incorporado a Raúl Q. de Orte -de Paralelo– aportando sintes y segundas percusiones: “Además de porque son amigos, entraron porque teníamos unas canciones siendo dueto, pero en nuestra cabeza escuchábamos baterías y otras guitarras; para defenderlo en directo necesitábamos al menos dos personas más”, ilustra Sergi. Con ellos la dinámica compositiva ha cambiado, puesto que hasta ahora las canciones las hacían principalmente los dos, pero en este último disco la cuestión se ha equilibrado, mezclando las ideas que graba él en casa con la composición a partir de ritmos o improvisaciones con el resto de integrantes, algo que cree que les ha ayudado a salir de cierta ortodoxia rock: “En casa, cuando tienes una guitarra inevitablemente te sale hacer unos acordes, una estructura. En cambio, cuando todo parte de un ritmo y sencillamente hay que meter capas es más fácil distanciarse de las estructuras del rock.”

A diferencia de The Not Found, realizado en su local, éste lo hicieron en Madrid. “Fueron diez días seguidos, entre grabar y mezclar. Permitió que el proceso entre la grabación y la salida del disco fuese más corto, porque es horrible que llegue el disco y ya estés harto de las canciones. Pero creo que nos hubiera ido bien dejarlo unos días y poder descansar. Logísticamente era complicado, en casas separadas, sin coche y yendo a un estudio a las afueras”, comenta Sergi. Así, a pesar de que les hicieron sentir cómodos, dándoles facilidades y teniendo acceso al plus que supusieron varios sintetizadores de los ochenta, lo recuerdan como algo duro. “Es una cosa muy íntima, quieres expresarte desde un lugar ambiguo y al final nunca es como lo tienes en la mente y te enfrentas a muchos demonios. Yo, por ejemplo, no sé grabar sola, se me da muy mal no estar con todos tocando a la vez y tuve que desprenderme de muchas cosas para soltar lo que sí suelto en los directos o ensayos”, apunta Andrea, lejos de los tópicos futboleros acerca de las grabaciones de los discos. Sigue Sergi: “Es algo complicado, porque una cosa es saber tocar o tener magia componiendo y otra muy distinta grabar un disco. Para mí siempre ha sido algo mayormente frustrante, porque tienes un tiempo, unas horas, y cuando la nebulosa que tienes en la cabeza se convierte en real, nunca será exactamente como quieres. Lo difícil es aceptar lo que has hecho. Pero aunque esté muy bien, aunque los otros te lo digan, quizá no está muy bien para ti, porque tú ves lo que has hecho, lo que podrías haber hecho y lo que se podría llegar a hacer. A nosotros nos faltó tener ciertas cosas claras técnicamente, aunque al final salió bien, es la cosa más cercana a lo que teníamos en la cabeza que hemos hecho nunca”. El ejercicio de sinceridad lo cierra Andrea: “Nunca he podido escuchar nada de lo que he hecho, siempre me he odiado, pero en este disco puedo hacerlo con la mayoría de canciones; es la primera vez”, señala.


NUEVAS PALETAS EN LA NIEBLA
Su heterogénea Lingua Ignota es, en todo caso, una disfrutable obra con puentes. En “Ecdisis” o la fantástica “Sound of Gold, Rhythm of Jade”, sus danzas percusivas budgiescas y los tonos moriscos de las cuerdas traen a la cabeza a los injustamente olvidados Savage Republic o a los primeros Dead Can Dance. En otros, maximalizan con brillo líneas de fuga ya utilizadas como en el folk ritualista de “The Sun Rises” y “Eurydice’s Chant”, o las minimalizan, como la ingravidez de “Hyle” o “The Joy of the Auloniad”. Estos nexos son sazonados con departuras, de resultados menos conseguidos, hacia una amplitud hímnica de goticismo folk-noir –“Demona”-; la narrativa turbulenta entre Nick Cave, las guitarras angulares 90’s y los estallidos a lo Swans o últimos Einstürzende Neubauten -”Stalker”-, o hasta para flirtear con un dark-pop más arreglado –“The Godess is where it is venerated”-. Nuevos registros para un grupo que quería explorar con las diferentes paletas de colores: “Aunque no suene para nada a ellos, hablábamos mucho de Coil, porque cuando los escuchas hay una imprevisibilidad, nunca sabes lo que va a pasar en la siguiente canción”, explica Sergi.

Un repertorio que les vi interpretar pocos días más tarde en el BIS, robustecidos y enriquecidos respecto a sus manifestaciones anteriores, casi cristalinas, de guitarra y voz. “Del primer disco nos decían, como crítica mala -ahora que nadie las hace y que todo parece perfecto- que sonaba un poco monótono, algo por otro lado buscado”, señala Sergi, acerca de la sosegada cadenciosidad de sus entregas previas. “Es lo que tenía que ser. Antes queríamos explorar esa languidez (imita el tocar lento), buscábamos el aburrimiento en el sentido más positivo, como enfrentamiento. Estamos acostumbrados a que un concierto tiene que ser divertido, pero la música también es otra cosa”, afirma Andrea, acostumbrada a tocar en espacios variopintos ante públicos de todos los pelajes, adaptando el repertorio. “Nos gustaba hacer las canciones aún más lentas cuando tocábamos con grupos más cañeros o más rítmicos. Este acorde… más lento todavía para que se quejen aún más. Y al revés. Eso también es generar enfrentamiento o incomodidad. Se puede hacer de muchas maneras: metiéndote un micro por el culo, rompiéndote un vidrio en la cabeza o haciendo un concierto megasoporífico para personas que vienen con sus prejuicios de casa a ver un concierto para divertirse o para ponerse un poco pedos antes de salir de fiesta”, explican.

En el concierto, a pesar de la apariencia sin artificios del espacio, la humareda les confería un aire casi fantasmagórico. Con Sergi, minimal, e Iván, de andar quijotesco, flanqueando a una Andrea casi impertérrita y, por momentos, desdibujada. Al fondo, fuera de límites, entre la neblina, los dos Raúles, encargándose de la percusión. En el ambiente, un combate entre la capacidad inmersiva de su música y las clásicas ganas de hablar del respetable. Mutantemente, entre tema y tema, la formación alternaba entre chasquidos de guitarras, cortinas, djembés, sintes, bajos, el comentado Buzuki y un uso recurrente del tándem de percusionistas, dando dinamismo al set. Al hablar con un amigo, les reprochó que le recordaban a Dead Can Dance, una referencia que les persigue. “Es evidente que nos gustan, siempre salen en todas las comparaciones, ellos sonaban así porque no tocaban con instrumentos de rock, se iban a África o a China, y se compraban instrumentos de allí y los usaban en canciones post-punk”, explica Sergi. Justamente, he empezado a ver más la influencia del sello 4AD -This Mortal Coil, Dead Can Dance, Cocteau Twins et al.- en este último disco, señalándoles que anteriormente veía esos rastros más en la voz -planteándome si es justo que el uso de ciertas tonalidades femeninas se asocie sí o sí a esos referentes-. Usualmente les relacionaba más con los derivados del folk encantado pagano que se facturaba en la Inglaterra de finales de los 60 o, incluso, con cierto slowcore pos-Velvets como el de Galaxie 500 o Low. De acuerdo conmigo, Andrea, algo precavidamente, suelta la liebre: “Cuando canta una chica la gente suele comparar ese grupo con otros en los que canta una chica. Al principio nos decían que nos parecíamos a Beach House, ¿por qué? ¿Porque somos dos? ¿Chico y chica? Es algo que se suele hacer, a un grupo en el que canta una chica nunca se le compara con un grupo todo de hombres. Te comparan con Slowdive pero nunca nadie te dice que te pareces a, no sé Bob Theil o The Smiths, cuando hay cosas de ellos. De todos modos, es una comparación que encantada, eh. This Mortal Coil…”, dice, con admiración.

MISTICISMO, ORTODOXIA Y RESPUESTAS
Llegados a este punto, después de sobrevolar varios personajes moviéndose en esa órbita, les pregunto por su relación con el misticismo. “No me considero una persona especialmente mística, pero expresan muchas de las ideas que tenemos respecto al mundo, a la política, al compromiso personal con las cosas”, indica Sergi. “A mi me encanta San Juan de la Cruz, Santa Teresa y también Miguel de Molinos, no soy mística en el sentido de que entro en éxtasis pero me fascina su lenguaje, porque actúa desde los límites, en una heterodoxia. Responde a una necesidad de decir algo que no se puede reglar o normativizar, desde otros lugares que no son susceptibles de compartimentar por el poder – ya sea la Iglesia, en el caso de los místicos, o de cualquier otro tipo-”, añade Andrea, trazándoles más allá de la ortodoxia religiosa, comparándolos con el nihilismo del siglo XX o el punk, como parte de un continuo de figuras no aceptadas por la normatividad. “Aunque al final tengas que ser pragmático para poder vivir, también me gusta su necesidad de estar cuestionándose todo el rato. Me gusta que estén todo el rato desdiciéndose y desaprendiendo, me parece super interesante, están negando su propio lenguaje todo el rato, es muy punk.”

En ocasiones hasta los lenguajes más subversivos pueden acabar cayendo en una ortodoxia en la que nadie se cuestione nada. “Al final vas a ciertos sitios o te mueves por ciertos ambientes y se han convertido en algo que no dice nada. Un sitio en el que teóricamente hay apertura de mente, pero la gente sigue queriendo que le repitan otra vez lo mismo. Al final se necesita obtener respuestas”, señala Sergi. “Otra de las cosas guays del misticismo es que no quiere una respuesta, no la necesita, porque no la hay, hay millones de preguntas que te llevan a otras preguntas pero no hay respuestas. El punk para mí también es eso, para mí está muy relacionado, igual que las músicas más primitivas”, añade Andrea. Igual pensaba Gareth Sager, del grupo de pos-punk agitpropado The Pop Group: “No intentamos destruir nada. No sabemos qué queremos hacer. Simplemente lo estamos cuestionando todo.”

Sea como sea, tengo la sensación que Wind Atlas están riffeando a los cuatro vientos un viejo dictum de Leibnitz: “Tenemos que movernos hacia delante si no queremos retroceder. No es posible quedarse quieto!” Por ahora lo van a hacer presentando Lingua Ignota por la Península y Europa a lo largo de las casi cuarenta fechas confirmadas hasta julio, momento en el que sopesan empezar a trabajar en su siguiente disco. ¿Su próximo concierto en Barcelona? El 24 de abril en Almo2bar junto a nuestros anteriores entrevistados STA y las pos-punkeras Belgrado

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