Rambla arriba, Rambla abajo: Paseando con Carlos Giménez

miércoles, 15 julio, 2015

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Un joven compra “Antología Rota” de León Felipe justo antes de que el dueño del puesto reprenda a su compañera por vender libros prohibidos a los clientes; las manos de la gente de bien sostienen el Marca mientras las prostitutas leen fotonovelas de Corín Tellado; dos trabajadores transportan la marquesina de los Aribau décadas antes de que estos se convirtiesen en multicines; en el Café de la Ópera, una pareja invita a un bocadillo a un pedigüeño con tendencias suicidas que les acaba de mostrar las múltiples marcas de su muñeca; a la salida del Liceo, unos jóvenes ridiculizan a una pareja adinerada que acaba de salir del teatro. Un cartel de grandes proporciones celebra en mayúsculas 25 AÑOS DE PAZ.

Carlos Giménez llegó de Madrid a Barcelona, en la que viviría durante mucho tiempo, justo cuando se cumplían esos discutibles veinticinco años de paz que abren y cierran un álbum como “Rambla arriba, rambla abajo“, extensión de su obra centrada en la miseria patria que tiene a la serie “Paracuellos” como mayor valedora. Amenazado de muerte de forma reiterada por una ultraderecha incluso con la transición en pleno curso, las ampollas que levantaba y levanta Giménez las patrocinaba una mirada a la realidad tan limpia como lúcida, mirando hacia atrás -el cómic empezó a verse publicado en 1985- con un odio legítimo y utilizando las viñetas como forma de militancia.

Poco importa si el lector pisó o no el paseo que va de Colón a Plaza Cataluña en lo años sesenta: si lo ha hecho en algún momento, el siempre poderoso grafismo de Giménez te traslada a Las Ramblas en fondo y forma. Desde el meticuloso trazo que le dedica a farolas y bocas de metro, al corazón de lo que esa calle representó y representa en la ciudad: los carteles con los que los asalariados del Caudillo querían trasladar su triunfalismo a la población no eran lo suficientemente grandes para tapar a la gente que pedía limosna en el paseo, al griterío conyugal provocado por los malos tratos o a la morriña, a la oferta de sexo a cambio de dinero. Las Ramblas eran y luchan por ser Barcelona sin cortar.

De alguna forma u otra, Giménez siempre tuvo gusto por la autoficción. Tanto es así que el hilo conductor del álbum lo lleva un joven dibujante de cómics frustrado que vagabundea por el paseo ora con su compañero, ora con una americana con la que intenta acostarse, mientras el dibujante utiliza como elipsis diversas postales de la Barcelona de los sesenta con todo aquello que se daba cita en la famosa calle: niños a los que se les niega mirar por un telescopio para ver la luna y fantasean con el aspecto de ésta; la testosterona creciendo a un ritmo endiablado a medida que el cielo caía; las parejas de jóvenes ostentando su amor como motor de necesaria alienación.

De todos los personajes que nacen de la pluma de Carlos Giménez para este cómic, y a parte de su alter ego protagonista, el único que como el cartel tiene el honor de abrir y cerrar el álbum, de alguna forma, es Carlos Doménech, más conocido como el sheriff de Las Ramblas. Antes de que las figuras humanas invadieran la concurrida calle, este inmigrante andaluz fan de las películas del oeste amenizaba la vida barcelonesa con su performance vital, desenfundando sus pistolas de juguete y retando a duelos a los paseantes que se cruzaban con él. Se dice que, tras batirse en duelo con otro aspirante a sheriff local sito en la Barceloneta, éste segundo jamás regresó a pisar el territorio de Johnny.

Estos conatos de puro anarquismo artístico en una calle tan conocida influenciaron seguro a un recién llegado Carlos Giménez, que aún tardaría unos años más en canalizar todo eso en dibujos. Pocas obras han captado mejor el ambiente del desarrollismo en la ciudad condal como “Rambla arriba, rambla abajo“; del activismo en ebullición bajo las baldosas que, en un momento de la historia, intenta seducir al protagonista del tebeo para unirse a la Asamblea Permanente de Intelectuales de Catalunya, proyecto germinal de la que acabaría siendo la Asamblea de Cataluña. Aún y así, la mano anónima que en la última página lanza unas cuartillas en las que se lee “¡Abajo la dictadura!” al aire es, a efectos prácticos por suerte y por desgracia, atemporal.

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