Las vidas de No Soy

viernes, 8 marzo, 2013

Por

 


Intentando averiguar qué le falta a Franzen, qué le falta a Foster Wallace, qué le falta a Auster y a Anderson y a tantos otros más, acabo dándome cuenta, leyendo a Percival Everett, que es la tierra; la tierra que se pega a la suela de los zapatos; ‘dirt’, le dicen allá, que es lo mismo que suciedad.

La carretera y la manta, les faltan a todos estos; y, vidas, por lo tanto, les faltan también: Vidas de las que va sobrado el protagonista del último Everett, “No soy Sidney Poitier”, que acaba de publicar -y, con “X”, ya van dos- Blackie Books. Porque está muy bien esto de mirar por la ventana -hacia dentro o hacia fuera-, pero no olviden la otra tradición americana; la de saltar por esa ventana, la de tirar millas -que allá los kilómetros sí que se miden así- y ensuciarse, no montar el campamento en el sitio que te indica el GPS que es mejor (ver el artículo “Franzen, pixapins“, en esta misma sección).

Piénsenlo: lo hicieron Faulkner y Hemingway; lo hizo Twain; hasta Hunter S. Thompson, lo hizo física y mentalmente; y la Wharton, que embarcó a Europa, donde se encontraba con James, que no paraba de escribir cosas italianas. Hasta Fitzgerald logró con su road movie particular -“El crucero de la chatarra rodante”- la manera de retratar de otra manera el trocito de sociedad (el trocito de suciedad) que hasta entonces había venido retratando siempre igual.

Everett coge a No Soy Sidney, negro aparentemente predestinado a no ser nada negro de una manera bastante monótona, y lo pone on the road. Y andando, andando, No Soy Sidney se curra unas cuantas vidas de negro: es negro triunfador, negro rico, negro esclavo, negro atracador de bancos; negro colonizado por unas monjas déspotas; negro universitario. Con No Soy Sidney, Everett consigue presentar el gran retablo americano: el del paisaje, el de la literatura, el de la historia. Y el resultado es un poco parecido al “I’m not There”, aquel biopic de Dylan que Todd Haynes hizo tan bien. Y ninguno es No Soy Sidney y todos lo son, igual que nosotros no somos ningún libro y todos los libros somos nosotros.

Ésa es la gracia de “No Soy Sidney Poitier“. Y creo que ya he descubierto por qué a mí me cojean aquellos escritores que decía en el primer párrafo. Y creo que por eso no podía más que recomendarles a Everett aquí.

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