Haneke y Gorz enamorados

Miércoles, 13 Febrero, 2013

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Una pareja de veinteañeros sonrientes, educados y vestidos como para jugar al golf, penetran en la casa de veraneo de una familia pequeñoburguesa y someten a sus miembros (padre, madre, hijo y perro) a una serie de torturas. Es la trama de Funny Games, la película que Michael Haneke estrenó en 1997. Una escena juguetona causó más controversia que cualquier acto de violencia: cuando uno de los torturadores recibe un disparo, el otro agarra un mando a distancia del que nada sabía el espectador y rebobina los hechos para que su compañero pueda salvarse, la familia siga indefensa y el mal termine imponiéndose. Gran parte del público se tomó fatal esta traición repentina del así llamado pacto de verosimilitud. No hay problema en aceptar que un par de sádicos pretendan torturar y matar a un grupo de desconocidos sin más motivo que el entretenimiento. Tales atrocidades suceden en la realidad y así es como funciona el discurso empleado por la publicidad de alarmas y puertas blindadas para el hogar. En cambio, un rebobinado de la realidad sigue resultando, para muchos, una licencia intolerable.

Funny Games se inicia con la llegada de la familia pequeñoburguesa de la ciudad a la casa de veraneo, con la lancha enganchada al vehículo. A continuación, el hombre y su hijo se embarcan en esa lancha. Imaginemos que el hombre hubiera pescado unas truchas y que su esposa, al disponerse a limpiar el pescado para cocinarlo (ah, los roles), hubiera encontrado el mando a distancia en los intestinos de una trucha. Que la mujer hubiera regalado a su hijo el mando creyendo que era un juguete. Que este hubiera descubierto la magia del aparato y que lo hubiera empleado para rebobinar una reprimenda de sus padres o una pelota de goma reventada por la mordedura del perro. Entonces, cuando los dos malhechores allanaran la morada, deberían haberse apresurado a arrancar ese mando fantástico de las manos del niño.

Con este planteamiento imaginario se hubiera hablado del surrealismo de Funny Games, nunca de la incoherencia interna de la escena del mando a distancia. El espectador habría estado avisado desde el inicio. Por suerte, al Haneke de Funny Games no le preocupaba la advertencia sino la irrupción. No solo tenía preparadas una serie de torturas para sus personajes sino que guardaba una contra el espectador (el mando a distancia era, en efecto, su Deus ex machina).

En la obra más reciente del director bávaro no se exhibe ninguna de estas incineraciones de los papeles realistas (que a mí, por cierto, me fascinan). Con Amour (presente ahora en las carteleras de Barcelona), Michael Haneke recibió la Palma de Oro del Festival de Cannes como ya había conseguido con La cinta blanca. Parece ser que el realismo, en su concepción más cruda y melodramática, sigue siendo el valor que mejor afirma, consolida y da prestigio al creador de ficciones profesional.

Mientras yo veía Amour, no pude evitar pensar en el último libro que escribió André Gorz: Carta a D. Historia de un amor (Ediciones Paidós). Asocié las palabras que empleó Gorz para despedirse de su mujer con las emociones que transmite la entrañable pareja de octogenarios que protagonizan la película de Haneke: “A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos”. El libro fue publicado en 2006. Al año siguiente, Gorz y su esposa Dorine decidieron suicidarse juntos en la casa que compartían en la región francesa de Champagne-Ardenne.

Cercano al abismo, Gorz, teórico de la ecología y el altermundismo, se preguntó por qué la mujer de su vida estaba tan poco presente en sus libros. Como la cuestión le atormentaba, se respondió con una extensa confesión amorosa que inició de esta manera: “Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, no pesas más de cuarenta kilos y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. De nuevo siento en mi pecho un vacío devorador que sólo colma el calor de tu cuerpo abrazado al mío”.

Si bien Carta a Dorine fue el último libro que Gorz publicó en vida, cinco días antes de su muerte pudo encontrar las fuerzas necesarias para escribir un último texto. Se trata de un artículo periodístico donde Gorz anticipa el “inevitable momento en que las burbujas estallan, arrastrando a los bancos hacia bancarrotas en cadena que amenazan con colapsar el sistema mundial de crédito y sumir a la economía real en una depresión severa y prolongada”. Cumplidas estas observaciones, diría Gorz que nos encontramos habitando la época en que se está decidiendo la manera de salir del capitalismo tal y como lo teníamos entendido. Cabe recordar que al menos André Gorz se marchó aferrado a una esperanza: “la creatividad abunda y existen los medios necesarios para potenciar un desarrollo basado en la auto-producción y su puesta en común”.

A nadie puede extrañar que el poder siga viendo el modelo capitalista como atractivo, incluso en su fase de obsolescencia. Ahora que la situación se ha vuelto insostenible, se supone que se está preparando la manera de salir de ella (lo cierto es que uno intuye que en realidad se están reformando las puertas de entrada, para hacerlas más pequeñas). Si alguien me preguntara si creo que el hombre va a actuar de manera civilizada o bien de manera bárbara, no me atrevería a ofrecer vaticinios. Contestaría, supongo, cambiando de asunto. ¿Ha visto usted la película Amour? ¿Y cómo interpreta el final? ¿Le parece civilizado o le parece bárbaro? El resto sería spoiler.

[Tras la escritura de este artículo, la prensa informa de una noticia penosa: un matrimonio de jubilados se suicida en Mallorca tras recibir una orden de desahucio. Va dedicado a su memoria.]

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