Estadísticamente cretinos

jueves, 24 enero, 2013

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Como ese enteradillo que se apresura a acabar tus frases. Como el empleado del banco/mentalista que te señala la cola de caja porque adivina –por tus pintas– que vienes a pagar el recibo del gas y no a trapichear con el director. Internet sabe lo que quieres, pero en lugar de la telepatía o los prejuicios, lo que usa para decirnos lo previsibles, aburridos e imbéciles que somos es la estadística.

Cuando se implantó, hoy hace un par de años, a muchos nos producía no poco yu-yu: el autocomplete de Google se adelantaba a tu mecanografía (lenta y pobre como mi coche, en mi caso) y te sugería lo que estabas buscando cuando apenas habías comenzado a teclear. Hoy, casi todos los motores de búsqueda mínimamente sofisticados incorporan este sistema de autocompletado basado –dicho de manera grotesca; la fórmula es secreta y de gran complejidad– en el histórico de lo que los usuarios de una zona geográfica introducen como criterios de búsqueda, y ya nadie siente que le estén leyendo el pensamiento. Pero la herramienta y sus sugerencias pueden leerse también como un inquietante medidor sociológico, una suerte de libro registro del oráculo que guarda lo que el grueso de la población trata de encontrar en la red, lo convierte en tendencia y lo expone ante nuestros ojos.


Por norma general, se trata de un servicio útil e inofensivo, que nos ahorra apenas unos segundos de darle el teclado y que nos sugerirá restaurantes “baratos”, o “con terraza” en Barcelona, y restaurantes “de moda” o “en el centro” si buscamos en Madrid. En materia de bares, en cambio, diríase que los gustos no divergen mucho entre barceloneses y madrileños: ambos buscan locales preferentemente “de copas”, “de tapas” o “de moda”, si bien la cuarta opción sugerida en Barcelona son los bares “de ambiente”, mientras que en Madrid te ofrece bares “de famosos”. Saquen ustedes sus propias conclusiones.


Pero la bestia, léase el algoritmo, se alimenta con cada nueva búsqueda. O, dicho en sus palabras, “se adapta a las condiciones cambiantes e integra nueva información”, de manera que varía de acuerdo con nuestra geolocalización y nuestro propio historial, y lo asocia a otras búsquedas similares realizadas por otros usuarios. Jugar al autocomplete da pie a resultados tan hilarantes como lamentables, un comentario descorazonador sobre el usuario promedio y el valor de la estadística. En agosto de este año, la blogger norteamericana Renee DiResta creó un mapa interactivo y en tiempo real de estereotipos sobre los distintos estados de la Unión alimentado y avalado por lo que los propios usuarios introducen diariamente. Así, mientras escribo estas líneas, y según las búsquedas en Google, para los propios norteamericanos Illinois era un territorio eminentemente corrupto, en Kentucky, en cambio, son buenos en baloncesto, Pennsylvania es aburrida y Alabama, racista. Buscando desde Google España, nos queda claro que, para sus usuarios (es decir, todo el mundo), los catalanes son cerrados y pagan más impuestos, los vascos feos, celtas y brutos, y los madrileños yeístas y superiores. Pero, esperen, hay para todos: los franceses no se bañan, los italianos son guapos y los americanos, altos pero tontos.


El ejercicio de los estereotipos locales es sin duda el que pinta un panorama más cutre, pero internet también es un polo de atracción para inquietudes de índole médica –como qué pasa si… “no duermo”, “no bebo agua”, “me masturvo” (sic) o “no como” (yo esta me la sé); o si es malo… “ser sonámbulo”, “reservado”, “gay” o “vegetariano”–, o casi metafísica –como si pueden los humanos… “tener pulgas”, “volar”, “emitir luz” o “comer alpiste”–. Todo ello sugerido por Google se supone que en función de lo que han introducido otros usuarios de mi área lingüística y similares intereses en la cajita del buscador. Hagan la prueba.
Por supuesto, lo que la gente busca más a menudo o, lo que es peor, lo que la gente cree que internet les ayudará a solucionar, no es un indicador fiel del zeitgeist de la civilización, pero sin duda aclara qué uso le damos en general a la gran red y confirma que, atendiendo a los criterios de la estadística y esa nueva ciencia que es la optimización web y el neuromarketing, como masa somos notablemente lerdos. La interconectividad universal aparece como la contrapartida de habernos convertido en una gran base de datos que se filtra, se fragmenta y se ejecuta en base a criterios exclusivamente alfanuméricos.

Google y demás buscadores eluden cualquier responsabilidad y declaran que el instrumento es neutro y objetivo, basado en una ultrademocratización del acceso a la tecnología, y que casos como el de Bettina Wulff, la esposa del expresidente alemán Christian Wulff –no se preocupen si se acaban de enterar de que existe este cargo– que se querelló contra la compañía americana porque su nombre aparecía asociado en las búsquedas a la palabra “prostituta”, solo reflejan lo que el público busca por internet.

Como dicen sobre las pistolas, no son ellas las que matan, sino las personas que las usan. El caso es que nos hemos acostumbrado a que nos sugieran lo que somos, queremos y buscamos. A nadie se le escapa que, como masa, vivimos en la estulticia. Los algoritmos parecen experimentar un oscuro placer en recordarnos siempre que pueden lo cretinos que somos. Estadísticamente, al menos.

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