El inquilino del cubo

viernes, 23 diciembre, 2016

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Vivía en un cubo. Estaba seguro. Habitaba una casa cúbica. Era la primera noche del invierno de 1989 y el inquilino soñaba con el vapor.

—Cuidado con el inquilino de la pirámide —decía una voz que procedía del vapor—. Cuando duerme, no descansa. Parece que tiene sueños lúcidos.
—Bobibo e bubo —balbuceaba el inquilino con los labios apelmazados, intentando decir «yo vivo en un cubo».

A la mañana siguiente el inquilino leyó un pliego de folios arrugado por las esquinas y unido por una grapa oxidada. En efecto, según el contrato, residía en una pirámide. Fue a quejarse a la oficina del administrador de fincas. Por el camino, fatiga y dolor de huesos. Ola de frío. Pese a ser de día, sin más alternativas, las luces navideñas brillaban anunciando lo de siempre. ¿Por qué los administradores de fincas trabajan tan alejados de las fincas que administran? ¡Pssst!, misterios del mundo moderno. En el ascensor, el inquilino prefirió situarse de espaldas al espejo. No tenía ganas de verse reflejado. Llegó a una puerta en la que no había ninguna placa distintiva y tocó el timbre de cables pelados con miedo a electrocutarse. Abrió la puerta el administrador de fincas. Los pliegues de su papada colgante formaban unos segundos labios. Hola, hola, manos que se juntan y se sueltan.

—Oiga, ¿por qué mi contrato indica que resido en una pirámide si, en realidad, mi vida se desarrolla en el interior de un cubo?
El administrador de fincas arqueó una ceja.
—Vamos, acompáñeme a mi despacho.

El inquilino y el administrador de fincas avanzaron por el pasillo escasamente iluminado. Suelos de mármol crujido y muebles añejos color marrón tabaco. Al pasar junto a la salita de juntas, al inquilino le sorprendió que un anciano esquelético sentado en una silla de ruedas tecleara una máquina de escribir a pleno rendimiento. En su despacho, el administrador de fincas desanudó la cinta roja de tela de una carpeta azul piscina y posó sobre su escritorio el contrato, un pliego de folios unidos por grapas. Esparció los folios en forma de abanico y se sentó al lado del inquilino. Ninguno de los dos apoyaba la espalda en el respaldo de cuero. Frente a ellos se erguía una biblioteca repleta de libros jurídicos y archivadores A-Z.

—En mis buenos tiempos —suspiró el administrador de fincas mientras el inquilino se mordía una uña—, yo siempre indicaba en los contratos que los inmuebles cúbicos respondían a la forma de un cubo. Me ceñía a la realidad, es decir, al hecho cúbico. Principiante. El resultado era funesto. Caput. Se suicidaba el inquilino. No volverá a ocurrirme lo mismo. Si el inquilino se suicida, no será por mi culpa.
—Yo no tengo intención de suicidarme —bromeó el inquilino, guardándose un trozo de uña en un bolsillo trasero del pantalón.
—Esa frase me suena —dijo el administrador de fincas, nostálgico—. Fueron demasiados suicidios a mis espaldas.
—¿Y le parece bonito redactar contratos falsos por una simple superstición?
Carcajada triste del administrador de fincas. Un chorro de gotas de saliva había mojado algunas hojas del contrato. Ya se secarán, pensó el inquilino, por mí como si le damos una ducha a esos papeluchos. El administrador de fincas volvía a estar serio.
—Este trabajo no me parece bonito ni me lo parecerá jamás.
—En el plazo de dos meses tengo que presentarme a unas oposiciones —fabuló el inquilino—. Si vivo en un cubo me van a dar más puntos que si vivo en una pirámide. No he venido aquí por capricho. Necesito un documento que indique que resido en un cubo.
—En ese caso, lo mejor para usted es que se vaya a vivir a un cubo.
—Ya vivo en un cubo.
—Entonces, ¿a qué viene tanta queja?
—El contrato indica que vivo en una pirámide.
El administrador de fincas destapó una pluma estilográfica y, junto a la palabra pirámide, escribió: cúbica.
—Una pirámide cúbica no… —balbuceó el inquilino.
—¿Qué tal si indicamos que reside usted en una no pirámide? —preguntó el administrador de fincas al tiempo que tachaba con decisión la palabra cúbica.
No llegó a escribir el no. Se quedó quieto, expectante, confiando en que su propuesta negacionista iba a ser aceptada por el inquilino.
—El tribunal de oposiciones exige que mi contrato indique que resido en un cubo. Un prisma también les vale. Si tanto le cuesta escribir que resido en un cubo, escriba que resido en un prisma. ¿Es eso posible?
El administrador de fincas volvió a escribir la palabra cúbica flotando por encima del tachón. Se decantaba otra vez por su primera idea, la imposible pirámide cúbica. Al rato se arrepintió y volvió a tacharla. Aquello era ya un estropicio, una nube de tinta, si bien la palabra pirámide se mantenía inmaculada. Por algún motivo, el administrador parecía obligado a emplearla en todos los contratos de alquiler.
—Cáspita —exclamó el administrador de fincas, no demasiado efusivo en su tonillo arcaico, mirando fijamente un calendario de oficina con fotos de cazadores que acunaban, como trofeos, pieles de liebres y plumas de águila—. Hoy es 22 de diciembre. Este año las fiestas me han pillado desprevenido. A principios de mes recibimos una circular del ministerio. Esa circular, que por cierto no tiene forma de círculo —mameluco—, decía que, a partir del solsticio de invierno, cambia la ley del suelo. Ya no importa el techo. Pirámides y cubos se integran en una misma categoría. A fin de cuentas, solo pisa usted la superficie recta. ¿Me equivoco? ¿Acaso vuela? ¿Tiene alas en los hombros? ¡Por fin una normativa con los pies en el suelo! —celebró, puño en alto, el administrador de fincas—. ¿No le parece una excelente noticia? —más calmado—. A ambos nos beneficia —se levantó de la silla—. ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó dando la espalda al inquilino y, sin esperar respuesta, empujó con un dedo el lomo saliente de un libro jurídico que rompía la simetría de la colección colocada en fin —. A ver si encontramos la circular. Podemos hacer una fotocopia. El tribunal no va a restarle puntos.

Fueron a la salita de juntas. La silla de ruedas estaba vacía y la página que sobresalía del rodillo de la máquina de escribir era un folio en blanco.
—No se preocupe, vuelvo la pirámide —dijo el inquilino.
Y volvió al cubo.

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