Daniel Lumbreras, Nietzsche, Pavement y los lenguajes propios

viernes, 19 septiembre, 2014

Por

 

Daniel Lumbreras (Barcelona, 1978) es pintor y músico, es músico y pintor. Donde el orden no halla sentido cabe decir que Daniel Lumbreras desprende un talante ­­—y, ¿por qué no?, un gran talento— particular en cualquiera que sea el lenguaje que use para expresarse. Primero le conocí por su música en el tercer encuentro que organizó el colectivo de artistas Infarto en Shangai y, después, llegué a su pintura gracias a una exposición colectiva de pintura barcelonesa que tuvo lugar en Cyan Gallery. En ambas ocasiones, a pesar de la atención específica que requiere cada disciplina, había un clima de calma, una atmosfera pausada que te invitaba a detenerte e impregnarte de lo absorbente de los misterios y exotismos de su música, así como de la paciencia e incluso lo flemático de su pintura traducidos en detallismo y texturas virtuosas.

Daniel Lumbreras

Tras licenciarse en Diseño y aventurarse a buscarse la vida en Lisboa, Lumbreras volvió a Barcelona para probar suerte en su ciudad. El estrés, la falta de horarios y la necesidad de agarrarse a proyectos que no le interesaban le llevaron a querer combinar su actividad profesional con la carrera de Bellas Artes. Le comento que en su obra pictórica me parece que hay claras reminiscencias de su contacto con el mundo del diseño. “Claro. Ya son muchos años de ver catálogos y demás. Entiendo el cuadro como un icono. No pienso en series. En la época de la facultad era distinto porque, cuando terminaba un cuadro, ése daba pie al siguiente. Cuando terminas y tienes que compaginar la pintura con otras cosas pierdes esta continuidad. Para mí cada cuadro es una idea que me enamora, es un tiempo que me paso en un tema porque me ha enamorado. Se pueden ver muchos cuadros dentro de uno mismo. El color es una influencia directa del diseño. Trabajo con cmyk, con los cuatro básicos”.

Lo aparentemente trivial de sus temas y el hecho de recrearse sin grandes pretensiones en la representación de objetos cotidianos pueden acercar la obra de Lumbreras al pop art. Le pregunto si se encuentra cómodo con ese calificativo. “En parte sí. Sigmar Polke, de la escuela de Hamburgo, en su primera época tiene un cuadro de unos calcetines… Es pop, pero sin ese entusiasmo del pop americano. En los años 60-70 Polke ya tenía este enamoramiento por un objeto, pero con la decadencia y el poso nostálgico europeo. Nada de entusiasmo ni optimismo. Algunas piezas mías pueden encajar con esta idea, sobre todo “Las camisas”. Lo que yo intento es hacer sacro algo banal. Hacer algo muy depurado y tratar con mucho cariño algo que aparentemente es muy banal”.

Las camisas” 2009. Óleo sobre tela. 89 x 116

Otro aspecto que llama la atención al ver sus cuadros en directo es la construcción de los relieves y la consecuente riqueza de texturas que hay en su obra. Le comento cómo me impactó el perfeccionismo y detallismo de “El Panel de Mandos”, donde el realismo de los botones invitaba a pulsarlos y comprobar qué sucedía con aquella ‘máquina’ de pintura. “Aunque pueda tener una manera de trabajar, no tengo una técnica consciente. No trabajo con ideas preestablecidas sobre el resultado. Voy probando hasta que consigo construir ‘la cosa’ en el cuadro. En ‘Las camisas’, por ejemplo, me di cuenta de que estaba cosiendo pintado. Pensé que si quería tener una camisa en el cuadro tenía que hacer los hilos. Desde lejos la gente se pensaba que las camisas estaban enganchadas. No es un realismo de sombras, es hilar con pintura. No es hacer magia con la pintura y trabajar con la simulación de sombras, sino construir la camisa en el cuadro. No me gusta la simulación, si es posible prefiero no pintar la sombra y construir el objeto con pintura para que la sombra aparezca sola, por la incidencia de la luz”.

Detalle de “El Panel de Mandos” 2013. Óleo sobre lino. 100 x 100.

Cambiando de terreno, Daniel Lumbreras tiene desde adolescente un gran interés por la música que le ha llevado a querer investigar y jugar con este lenguaje hasta presentar, el pasado febrero, su primer trabajo en solitario: “O”. El punto y aparte en la conversación se reinicia con una reflexión sobre las influencias y el recorrido necesario para llegar al lenguaje tan personal y particular que se refleja en sus canciones. “Hay dos primeras influencias: la primera Pavement. Yo nunca entendí las letras, pero me atrapaban las composiciones. Planteaban las estructuras de las canciones considerando mil combinaciones. No tenían ningún prejuicio de estructura. Eran muy creativos. Y en Europa había un grupo que quizás no era tan creativo por las estructuras pero sí por su miscelánea de estilos. Era Deus, un grupo belga que tenía todo este poso europeo que hemos comentado antes con Polke. Eran muy dulces o muy duros según les convenía. Muy originales y eclécticos. Abrían caminos. Esto ya me dio una manera peculiar de ver la música, un espíritu de buscar algo diferente. Mi experiencia musical siempre ha sido así, nunca he tenido interés en saber qué decían. Me interesa hablar puramente a través del propio lenguaje, de la pintura o de la música. Me dice tanto una inflexión melódica que encontrar una palabra que enganche con sentido en esta inflexión me parece imposible. No lo necesito, para mí es perder espiritualidad”.

Profundizando en las particularidades de su música, le pregunto cómo aborda la voz, de qué manera piensa la aportación vocal sin recurrir al uso de la palabra. “Para mí la voz es un instrumento más. Sale de manera espontánea. Nunca he tenido el impulso de hacer letras. Cuando mi experiencia musical era anglosajona siempre me salía algo parecido al inglés. Pero enseguida me abrí a música africana con Youssou N’Dou o de brasil con Milton Nascimento. Las letras de Milton Nascimento sí que me llegaban mucho. Pero es una sencillez de palabras unidas a la melodía… Habla de piedras, de cosas muy sencillas pero a la vez superprofundas. También tengo influencias del mundo árabe, la música Raï y, últimamente, el canto sufí de Pakistán. Las canciones son muy ricas en estructuras y con espacios para la improvisación. Estoy muy pendiente de la parte formal de la música y las influencias de todo el mundo me han enseñado nuevas maneras de conjugar ritmos, tempos y melodías. He ido aprendiendo de lo que me conmovía, de lo que me tocaba las teclas y, combinando todos los ingredientes, he terminado encontrando mi manera”.

Lejos de la rigidez y los esquemas cerrados, en los directos de Lumbreras siempre hay un espacio para la improvisación y una libertad que le permite enfrentarse a sus canciones cada vez de una manera distinta. “Siempre suenan distintas. Se repiten sonidos porque al reseguir el camino de la línea melódica es posible que algún sonido se vaya quedando en ella y se repita. Pero cada vez que ataco una canción es a tábula rasa. Imagino que esta creación en directo del sonido, esta traducción a sonido de las emociones en el mismo momento, puede hacer aflorar emociones muy puras en el público”.

En un último capitulo de la conversación tratamos la base teórico-filosófica que, según Lumbreras, consigue establecer un vínculo y unir su manera de entender los lenguajes: la música y la pintura. “Cuando me empezaron a pedir un discurso paralelo a la pintura me puse a reflexionar sobre por qué siempre tenía una tendencia a hacer repeticiones en un mismo cuadro y a jugar con el lenguaje. Quizás si atacara el lenguaje de la palabra también lo haría de manera formal, jugando con los sonidos. Cada cuadro es como un catálogo donde fijo una categoría y repito elementos. El conjunto de las obras es un catálogo de catálogos: “Los papagayos” hechos por Daniel, “Las camisas” hechas por Daniel… Siempre he trabajado a partir de la repetición de objetos aparentemente iguales para analizarlos y recrearme en sus diferencias. Para darme cuenta de que no son realmente iguales”.

“Los Papagayos, Guacamayos y Otros Pájaros de Colores” 2011. Óleo sobre lino. 100 x 100

La respuesta la encontró en la filosofía del lenguaje según el pensamiento de Nietzsche, quien considera las tres ficciones que nos alejan de la realidad última, una realidad última que es un fluir, que está en continuo cambio y mutación. “Las tres ficciones que considera Nietzsche, la semejanza, el aislamiento y la permanencia, al incluirlas en el lenguaje nos alejan de la realidad última. En el caso de la semejanza, cuando tú nombras mil sillas que realmente son distintas con un mismo nombre lo que consigues es considerar que todas son iguales. El lenguaje, la palabra, te aleja de fijarte en lo que tienes delante. Nosotros no somos capaces de percibir el continuo cambio de las cosas, pero al menos podríamos ver cada cosa como única. Quizás si eres más sensitivo estás más permeable a percibir estas diferencias. Supongo que con la pintura quería desmontar esta idea de que todo es igual. Yo veo tantas cosas diferentes en lo que se llama igual. Lo mismo sucede con el aislamiento y la permanencia. Estamos programados para simplificar, agrupar lo semejante, separar y fijar las cosas cuando éstas, en realidad, están en constante cambio. También sucede que hay cosas que tienen nombre y otras que no. Si algo no tiene nombre no lo ves, lo que no tiene nombre no lo puedes pensar. Es una construcción donde la base es totalmente irreal”.

Ante este conflicto de cómo pensar y representar la realidad seguimos con la conversación: “Nietzsche decía que quizás el lenguaje más adecuado sería uno que no fuera fijo. Él hablaba de las metáforas o de un lenguaje que intentara sugerir pero nunca establecer. Siempre con la consciencia de que nada es igual. Sugerir y ser creativo con el lenguaje a cada momento. Entonces estarás más cerca de este devenir de las cosas. Al fin y al cabo, el superhombre de Nietzsche era alguien que tenía consciencia de esto. Que inventaba su vida, su devenir y su propio lenguaje para estar más cerca de la esencia de las cosas. Yo soy como un coleccionista de mariposas que tiene dos y ve que son diferentes. En el fondo mi obra es un camino para descubrir esta consciencia última de que todo es distinto. Quizás he llegado a esto cuando he tenido 500 mariposas, las he visto todas distintas y alguien me ha dicho que eran todas iguales”.

Daniel Lumbreras, a día de hoy, sigue investigando sus lenguajes y considerando añadir nuevos instrumentos y enriquecer las canciones con nuevas líneas melódicas. El próximo viernes 26 de septiembre actuará en El Ciclista (Carrer Mozart, 18) a las 21:30h.

Barcelonés está editado por
Until We Change It.

Contactar para oportunidades de
Publicidad.

Política Editorial