Cuando un festival baila

Miércoles, 8 Mayo, 2013

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Isabel Sucunza

Isabel Sucunza: Crónica en primera persona. Foto: Miquel Taverna

Llegar a un festival en el que participas, encontrarte con uno de los organizadores, hacerle una pregunta concreta, tonta, y que él, fumando, mire hacia otro lado, con cara de enajenado total, pensando en vete a saber qué, sólo puede querer decir una cosa: está de los nervios.

Ver al mismo organizador unas horas después, una vez el festival ha comenzado, mezclado entre el público, bailando junto al otro organizador, los dos con sonrisas de oreja a oreja, quiere decir también sólo otra cosa: el festival marcha.

Esto que acabo de explicar pasó el jueves pasado, en la fiesta inaugural del Primera persona, en el CCCB. Los organizadores eran Miqui Otero y Kiko Amat. Y entre el momento Otero y Amat nerviosos y el momento Otero y Amat bailongos, habían pasado las intervenciones de Albert Forns, leyendo de rojo “Albert Serra (la novel·la, no el cineasta)”; Blancallum Vidal y Martí Sales -curtido organizador de otro festival en el que los responsables (él mismo y Eduard Escoffet) también acababan siempre bailando-, leyendo “Plens de vida”, de John Fante; Valero Sanmartí (un fuerte aplauso) -autor de “Jo només il·lumino la catalana terra”- haciendo de entre guía espiritual, ángel exterminador y pantocrator de la nova Catalunya lliure, con pasamontañas, barretina y voz distorsionada, siendo un poco eso que ahora está tan de moda ser: ETA; y Antonio Baños -autor de “La rebel·lió catalana”-, en pleno delirio dictatorial, invocando el espíritu del black power para retorcerlo después hasta dejarlo convertido en Cat Power (la rebelión, no la cantante versionadora).

Y ¿saben cuando la cosa acaba tan arriba que parece que la única manera posible de acabar es ponerse a cantar y a dar saltos? Pues eso mismo pasó el jueves en el primera persona: Valius y Urogallos a escena, todo el mundo bailando y queda inaugurado este festival.

Y el día 2 se bailó desde el principio

Carlo Padial, segundo participante de las sesiones del sábado, salió quejándose (ya había avisado de que lo suyo iba a ser un monólogo de neuras) porque le habían indicado que tenía que hacer alguna referencia al hip hop por una cuestión de continuidad con lo que había pasado en aquel escenario inmediatamente antes. “Creo que a Auslander, que viene después, no se lo han pedido, ¿por qué lo iba a tener que hacer yo”, algo así dijo, e inmediatamente se puso flamencón rajando con conocimiento de causa sobre el mundillo audiovisual. Y poniéndose flamencón, ya estaba ligando igual lo suyo con las historias de Dj Neas y Ramón Giménez “El Brujo”, que acababan de contarle a Luis Hidalgo que el hip hop era como el flamenco; que el dj vendría a ser el guitarra y el MC, el cantaor; y que aquí se había mantenido de lo más puro, por la simple razón de que, no como en Estados Unidos o en Francia, era una música que nunca se había sabido vender; así que ahí estaba intacto aquel espíritu de los inicios. “Eres un pureta”, le dijo Hidalgo a Neas. “No”, respondió Neas, “en el pasado, no se puede vivir”; y, por aquel pasado en el que ya no vive, se marcó unos pasitos (El Brujo también lo hizo) para acabar.

Auslander: confesiones políticamente incorrectas. Foto: Miquel Taverna

Y, luego de Padial, Auslander, que sin hablar de hip hop, continuó de pleno con el antipuretismo que Neas reivindicaba. Si alguien anda haciendo últimamente literatura-respuesta a lo ortodoxo como forma de aborregamiento social -y psicológico-, ése es Shalom Auslander y de eso fue su intervención: leyó sus “Lamentaciones de un prepucio” y “Esperanza, una tragedia” y entre fragmento y fragmento aguantó reprobatorios gritos de una madre (la suya), sentada entre el público, que acabó pidiéndole que hiciera el favor de escribir algo más bonito la próxima vez.

La segunda sesión del sábado empezó con una tongada de tres que bien podría haberse titulado “que nos quiten lo bailao”. Oriol Llopis, Dani el Rojo y Márcos Ordóñez hablaron con sus yos jóvenes para transmitirles un mensaje unánime: ya veréis cómo dentro de unos años, todo esto -el rock y, sobre todo, contar historias- habrá valido la pena y seguirá valiéndola. Y entonces llegó Lidia Damunt y otra vez pasó lo del primer día: la única manera de acabar aquello era cantar, pero así, a gritos, justo como ella lo hace. Y un rato después, las Raincoats a escena para decirle a la Damunt, igual que habían hecho los tres señores del principio, que siga cantando, que ya verá, que sí, que todo habrá valido todo MUCHO la pena.

El grito de Miss Damunt. Foto: Miquel Taverna

Día tres. El miedo a marcarse un solo

Junta a cinco personas que escriben y diles que tienen que hablar en público.

Mételas en una habitación pequeña. (Conversaciones tranquilas, ¿tú qué vas a hacer?, ¿y tú?, blablabla…). Diles que faltan cinco minutos para salir, de uno en uno, a ese escenario tan grande. (Saltos, palmadas en la espalda, papeles que se caen).

Ainhoa Rebolledo, la bici olvidada, el monitor por los suelos, pequeñas ironías sobre el mundo pequeñoeditorial. Isabel Sucunza: en cuando se demuestra que Pitbull es el único absurdo. Patxi Irurzun: la mención al montañero Iñaki Ochoa de Olza que a servidora le hizo pensar en lo lejos que estábamos de Pamplona. Federico Montalbán: el ratón guitarrista respondón y la fregona “por si se quedaba en blanco”, había dicho que era. Manuel Jabois en la playa y el bailecito (otra vez) del final. Todo valía para seguir siendo nosotros allá arriba también. Aficionados nosotros comparados con el Curtis Garland que venía después: cuanta presencia sin estar ya por aquí. Si nosotros recurríamos al mar, a las camisas, a las discotecas para llenar la pantalla, Garland la llenaba sólo con sus libros, enviándonos otra señal (otra más) de que sí, valdrá la pena, como si no lo estuviera valiendo ya.

Entonces subió Junot Díaz a trazar el puente perfecto con el Auslander del día anterior. Si Auslander de pequeño entendía a Dios como una especie de Godzilla, Díaz se convertía en ese escenario en el Godzilla venido a ponerlo todo patas arriba. Achacó la cosmética al autoodio y aquel autoodio era exactamente lo que había explicado Auslander también, pero Junot lo presentaba como provocado por otro Dios aún más terrible: el del yo. Y, a partir de aquí, empezó a cargarse todo lo demás: la falta de hospitalidad norteamericana, el exceso de empatía caribeño, marcando, ahí, la diferencia. Para acabar leyendo su “This is How to Lose Her” y dejándonos a todos queriendo leerlo también.

Robert Forster y su banda de lujo. Foto: Miquel Taverna

Me perdí a Pollock, otro que iba solo, pero llegué a tiempo para ver a Robert Forster haciendo bailar a todo el mundo otra vez. Si ese hombre parecía feliz en escena, la gente que lo acompañaba (los chicos de Fred i Son, Evripidis i Adrián de Alfonso), directamente, no se podían creer estar ahí. Y otra vez con el fin de fiesta, este, el de verdad: la gran conga final.

Ahora, ¿puedo acabar con una última opinión?

-Sí.

-Gracias.

Yo creo que los festivales se tienen que hacer así; que los que lo montan tienen que acabar bailando. Y que los que participan tienen que salir al escenario diciendo este soy yo, y no esta es la estructura de Estado que habéis decidido que sea. Que a la gente se le tiene que homenajear porque nos gusta mucho, no porque se les cumplan los cien años que a todos se nos van a cumplir. Que hay que poner a gente con criterio a dirigir festivales, y que el criterio no se consigue en un despacho, no se consigue haciendo lo de siempre y no se consigue sin arriesgar. Y que prefiero mil veces a un organizador que decide hacer de su semana una semana especial, que al que coge y con su semana decide hacer suyas las cuatro cosas que siempre pasan en esta ciudad, sin ir más allá, sin soltar una gota de sudor ni siquiera cuando más fuerte debería sonar esa música que en su festival nunca acaba de sonar; ni siquiera en el momento de lanzarse a la pista con ese baile que en su festival nunca acaba de estallar.

Miqui y Kiko, vosotros sí que lo habéis bailado bien.

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