Cristina Grisolía: “Hay necesidad de mantener a las mujeres en sitios que encajen en el sistema”

miércoles, 15 marzo, 2017

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Foto: Francina Ribes

Cristina Grisolía (Rosario, 1946) es poeta. Durante 10 años fue directora de la casa de acogida de mujeres maltratadas de Barcelona. Llegó a Barcelona en el año 1972, huyendo de la dictadura militar argentina. “Viajé sola, en barco. Me alojé en una pensión en la calle Princesa, que en esa época era bastante impactante, pero yo era muy joven y no le tenía mucho miedo a nada.” Ese fue su primer punto de aterrizaje en Europa, de aquí se fue a París, a Madrid y pasó varios años Viena antes de volver a Barcelona en el año 1979, para instalarse definitivamente en Vilanova i la Geltrú.

Grisolía empezó a trabajar en la casa de acogida en el año 1996, había estudiado magisterio y pedagogía social en Argentina. “No llegué por una opción feminista definida, sino más bien por mi vinculación con lo social”, comenta. En su proceso de autodenominarse feminista, menciona varios caminos: En primer lugar, “llegué por una historia personal, que a su vez es la historia de la mayoría de mujeres. Cuando tenía 18 y hacía mis primeros intentos de ser escritora, fui acumulando esa experiencia de no sentirme tratada como una igual. Todo eso lo fui combatiendo pero no lo olvidé.” En Rosario fue cofundadora de la revista Cronopios, y estuvo vinculada a la revista El escarabajo de oro de Buenos Aires. Publicó relatos y poemas en Cuadernos Hispanoamericanos, algunos de los cuales fueron traducidos al italiano por el poeta Giovanni Nadiani. Recientemente, Grisolía ha publicado dos libros de poesía: “Donde el progreso no existe y gozo” (El Cep i la Nansa Edicions, 2004) y “Galope y canto” (Olifante, 2014). En segundo lugar, “aprendí el feminismo a través de la literatura de grandes escritoras como Alfonsina Storni, Virginia Woolf o Sylvia Plath…” En concreto, menciona un libro de Sylvia Plath, “Tres mujeres”, que leyó a los 20 años y que luego releyó a los 60. “Entre esa lectura de mis 20 años y esa lectura de mis 60 años, ahí entiendo cómo se fue configurando mi visión feminista.” Y por último, a través de la vía laboral, de su trabajo en lo social, algo que marca de manera evidente su relación con el feminismo.

Desde su punto de vista, “las reivindicaciones del feminismo tienen que ser muy matizadas y muy a partir de la comprensión de la persona que tienes delante.” Y aunque reconoce que hay violencia machista en todas las clases sociales, insiste en que “para conseguir un feminismo luchador, hay que saber muy bien a qué clase social se está dirigiendo. Durante esta última década todos hacíamos nuestros discursos como si las clases sociales no existieran. Y claro que existen. Y si bien no son determinantes son bastante configurativas.” Y añade “Si una parte del peldaño 0 y otra parte del peldaño 5 ¿dónde empieza la igualdad de oportunidades? Algunos puntos de partida necesitan un trabajo previo. Recuerdo que había mujeres en la casa de acogida que, cuando les preguntábamos si habían dormido bien después de la primera noche, respondían ‘no sabes lo bien que he dormido, nadie me molestaba’. Estaban sorprendidas por algo tan sencillo como dormir bien y no tener que sentirse mal por no responder a la demanda sexual de la persona que tienes al lado.”

Durante su época trabajando allí, la casa de acogida estaba en la calle Valdonzella, en el Raval, una zona que por entonces era muy dura. El edificio había sido un antiguo hospital, y éramos vecinas de un albergue para los llamados sin techo. Años después nos trasladaron a otro barrio, la casa estaba en mejores condiciones, con más privacidad para las mujeres, pero en un edificio de pisos, lo cual tenía sus ventajas y desventajas.” Recuerda que, en ese momento, se realizaban estancias largas, de un año o más “lo que las mujeres necesitaran para estar bien”. Comenta que, ya en esa época “estaba también esa cosa de poner en duda” el relato de las mujeres maltratadas. Se trata del mito de las denuncias falsas, que sigue tan vigente hoy en día. “Es una mentira, la proporción de falsas denuncias es ridícula”, comenta Grisolía, “como ahora ya nadie se atreve a decir: ‘le pegan porque se lo merece’, entonces está el tema de la falsa denuncia. Pero a parte de este temor masculino infundado, aquí hay algo serio que es la poca dedicación de recursos sociales a este tema” subraya. En este sentido, cuenta que “en su momento se detectaron problemáticas específicas dentro de la casa de acogida: el alcoholismo, la prostitución no elegida, la drogodependencia, las minusvalías… cada uno de estos casos necesita un tratamiento específico con técnicas propias. Esos recursos no se crearon, y menos se tienen ahora, después de los recortes. Por ejemplo, si había una sospecha de alcoholismo en una de las mujeres se creaba una dinámica complejísima, porque normalmente el alcohólico era el maltratador. En general, las mujeres eran extremadamente solidarias entre ellas, pero el tema del alcoholismo les removía demasiadas cosas.”

Por otro lado, comentamos cierta tendencia de las instituciones a querer solventar problemas sociales a través de leyes, algo que, como apuntaba Andrea Alvarado Vives, no siempre es efectivo, y es especialmente problemático en el ámbito de la violencia machista. Grisolía está de acuerdo: “la ley no es curativa”, comenta. “Para acoger a una mujer, la denuncia no era un requisito obligatorio. A veces denunciar es la fase final de un proceso de concienciación del maltrato o de la recuperación de la mujer”.

En cambio, hablamos de cómo el discurso oficial se sigue centrando en la necesidad de denunciar, desviando la responsabilidad hacia las mujeres sin tener en cuenta las dificultades a las que muchas de éstas se enfrentan. “Primero, porque hay miedo; después, porque en ocasiones denuncian y las mantienen conviviendo en el domicilio con el maltratador. Además, muchas de ellas tienen hijos, muchas tienen poco apoyo social, muchas no tienen a dónde ir e incluso algunas temen poner en peligro a otros familiares. Y no hay que olvidar que, generalmente, la mujer que sufre una situación de violencia está confusa”.

Para Grisolía, esta incidencia en la necesidad de denunciar es una forma de justificar la falta de recursos destinados a este tema. “La ley del 2004, en teoría, garantiza la recuperación física y emocional de la mujer, pero por ejemplo, por ley, no hay tratamiento psicológico… sólo 3 entrevistas con la psicóloga y se acabó. ¿De qué estamos hablando?”.

Problemas como este eran los que intentaban solventar en la casa de acogida, por ejemplo, involucrando a psicólogas de fuera, “a fuerza de mucha buena voluntad.” Además, durante esa época se cambiaron algunas dinámicas: “En principio, cuando una mujer se iba de la casa ya no podía volver. Nosotras, en cambio, hacíamos entrevistas con algunas mujeres que al final volvían. Por supuesto, también empujamos a algunas a marchar cuando creímos que estaban preparadas.” En cuanto al espacio, comenta que “hicimos modificaciones, por ejemplo, antes había una mesa larga, que daba cierto aspecto de rigidez, o distancia, y luego pusimos pusimos mesas redondas y pequeñas, para que se sentaran con quien quisieran y fueran cambiando.” También trabajaron para abrir la casa “con mucho criterio. Para el 8 de marzo solíamos organizar actuaciones o recitales, invité por ejemplo, a Feliu Formosa, con su grupo de teatro, o a Gloria Bosch”, recuerda.

“Alguna vez me plantearon por qué no había un hombre como director de la casa. ¿Sabes la respuesta que les daba? ‘Hay razones teóricas que ahora voy a exponer, pero de entrada, lo siguiente: porque ningún hombre sería director de una casa de acogida con el sueldo que yo gano’. Sin apoyo administrativo, las horas que hicieran falta… Por otro lado, yo defendí mucho, y sigo pensando igual, que la intervención con los hombres en una primera fase puede ser complicada. En general, estas mujeres le atribuyen al hombre tanto poder que tienen que fortalecerse un poco para recibir intervenciones masculinas.”

En un 2017 que ha empezado con la peor cifra de mujeres asesinadas por violencia machista desde 2008, hablamos sobre cómo esta violencia sistematizada no se trata como tal, de cómo se tratan como casos aislados actos que son consecuencia de un comportamiento social grave. “Mi teoría es que mientras nosotras salimos a la calle, nos manifestamos, elaboramos leyes… los hombres con ideas claramente machistas y patriarcales han seguido trabajando para mantener sus privilegios. Y uno de los trabajos ha sido en torno a mantener la naturalización de la violencia.” Un tema recurrente en entrevistas de esta sección es cómo se ha llegado a una especie de igualdad teórica que no se corresponde con la realidad, algo que ya hablamos en su momento con Fina Birulés. “Nos han vendido la idea de que todo está permitido, pero que todo esté permitido no es sinónimo de que todo sea posible”.Refiriéndose en concreto al ámbito laboral, Grisolía comenta: “el argumento generalizado es ‘no importa que sea hombre o mujer, si una mujer vale no tengo ningún problema’. En este contexto, valer no es saber los contenidos de sus materias de trabajo, es una cosa mucho más general, mucho más ambigua. Por ejemplo, en una empresa con un comité ejecutivo compuesto por 5 mujeres y 5 hombres, hemos comprobado que, al cabo de un año, los hombres siguen siendo los mismos. Las mujeres, en cambio, aunque se mantienen en número, se van renovando. Siempre es paritario, pero ¿tuvieron las mujeres las mismas oportunidades de aprender a estar en ese ámbito de poder? No, ese es el tema. Pasa lo mismo en literatura, ¿Qué tiempo de dedicación para corregir un escrito tiene una mujer? Es ese matiz de cómo llegas a ejercer un cargo, a escribir un libro…”

Comentamos el caso particular de Montserrat Abelló, quien publicó sus libros muy tarde, en parte, porque prácticamente no tuvo tiempo de escribir hasta que se jubiló. “La famosa habitación propia de Virginia Woolf… Aunque yo creo la habitación propia es importante, pero es un símbolo. Porque hay mujeres que han escrito revolviendo un puchero. Tampoco hay que considerar que las escritoras tienen que ser escritoras de gabinete, pero es obvio que sí necesitan cierta calma mental.”

Cristina Grisolía no es muy optimista respecto a la situación actual del feminismo: “Tengo la sensación, y tengo ya unos años para ver un recorrido, de que hemos ido bastante para atrás.” Según su punto de vista, este retroceso no es porque las mujeres hayamos dejado de luchar “como te comentaba, creo que, muy subterráneamente, el hombre ha seguido trabajando para mantener su poder.” Me cuenta como ejemplo un incidente que sucedió en su época en la casa de acogida, cuando una mujer le anunció que se iba de la casa porque había conseguido un trabajo. “Resultó que el párroco le había encontrado un trabajo. Le había dicho que estaría mejor viviendo interna con una familia, haciendo limpieza, que en la casa.” No se volvió a repetir, puesto que amenazaron al párroco con denunciarle por intervenir en un espacio preservado. “Hay todo un discurso de desprestigio de la mujer que quiere seguir adelante, y una cierta necesidad de controlar, de mantener a las mujeres en sitios que encajen en el sistema.”

Según Grisolía, se habla de la importancia de la educación, pero no se llevan a cabo campañas educativas fuertes “parece que se ha dejado de trabajar en las escuelas. Se sacó la asignatura de civismo, se sacaron cantidades de contenidos que trabajaban para la igualdad… ponen algunos carteles para el 8 de marzo y el 25 de noviembre, y se acabó.” Por otra parte, cree que las asociaciones de mujeres periodistas “hicieron un trabajo buenísimo” pero que “finalmente parece que no pueden incidir en los medios de comunicación.”

En este sentido, hay un aspecto que le preocupa especialmente: “me parece que no ha habido relevo generacional en las mujeres en cierta lucha feminista. A lo mejor porque se le desdibujó ese marco social del que hablábamos.” Comentamos que, probablemente, el feminismo ha evolucionado y actualmente está más vinculado a los estudios de género, a partir de la influencia de libros como “El género en disputa”, de Judith Butler.

Se trata de un tema de debate en el feminismo. La importancia de encontrar el balance entre seguir teorizando en algunos temas, y posicionarse de manera efectiva para las luchas concretas. Por ejemplo, aunque es interesante y necesario cuestionar la categoría ‘mujer’, en algunos casos concretos parece que es indispensable partir de eso. “Durante la crisis económica, las primeras que la sufren son las mujeres: las primeras a las que despiden, las primeras que no encuentran trabajo, a quienes les cuesta más independizarse… yo creo que se creyó que ya estaba la cosa, y no está resuelta.” comenta. Además, añade “en una situación de crisis, en un contexto histórico de mucha violencia, parece que la violencia individual queda como diluida, casi legitimada.”

Para acabar, me cuenta una anécdota: “yo dejé de leer a García Márquez cuando me encontré, en una de las últimas novelas que escribió, una escena en la que describe una violación en la cual la mujer goza fantásticamente. Cogí el libro y lo cerré. Todas esas cosas sostienen el sistema.” Y lanza un mensaje final al género masculino: “Parece que ellos están muy desorientados… pero nosotras luchamos para orientarnos, para informarnos, para agruparnos: ¡hagan algo!”.

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